
por devolverme la fe. Nos vemos cumpa

Se estaba por partir.
Las bases ya no se podían contener; sólo esperaban a sus dirigentes a la cabeza pero… ¿cuánto más? Se sucedían las marchas espontáneas, los casi paros, las preguntas, porque si el coronel está preso ¿qué carajo nos puede esperar a nosotros? Sólo la sonrisa sobradora del patrón, de los de personal, del capatáz que anuncia la vuelta a los infiernos y el ya vas a ver, ya vas a ver.
Y eso que el movimiento obrero argentino ya no quería hacer la revolución social. Fuerte. Quería movilidad social, derecho laboral, protección, reconocimiento. Poder pasear el orgullo de ser trabajador, y ni aún soñaban que era posible algo así.
Mientras transcurrían las horas del confederal la gente salía de las casas. Una turba silenciosa de hormigas con un destino impensado. Vamos todos. Arriba de camiones, en los techos de los tranvías, de a pie cruzando ríos y barro. Y esas mujeres amenazantes “sin corpiño y sin calzón, somos todas de”. Es de mañana y se va dando vueltas mirando hacia arriba los edificios, parece otro país dicen que francia y esa es la casa rosada mirá la catedral y el cabildo como en los libros de la escuela y esos cafes deben ser de los bacanes y mira allá dónde está el obelisco eso que baja es el subterráneo ni loco me meto en ese agujero mira allá… Mirá allá.
Están acá, por todos lados. Con sus delegados a la cabeza, con sus dirigentes aunque no todos. Y están los otros que vienen de las barriadas. Los humildes, esa nueva categoría sociológica tan imprecisa. Saben muy bien lo que quieren señor, no son las masas “disponibles” en espera del líder demagógico (pobre germani y sus gorilas). Hay que escuchar lo que dicen…
“Queremos a Perón”.
Sencillo, a ver ¿qué es lo que no se entiende? Los clinudos dicen que quieren al coronel ese de la Secretaría, el de los aumentos de salario, los convenios de trabajo, las vacaciones pagas, la jubilación, la protección en el trabajo, la seguridad industrial, ese que habla de que sólo se puede admitir el capital si tiene una función social. Entienden muy bien. Y como están cansados, metieron las patas en la fuente. Y allí estarán hasta que se entienda.
“Queremos a Perón”.
Pasará la noche y no se moverán. Entre todos se asombran de ser tantos, de estar donde están. Uno se busca en las fotos también como si pudiera ser posible estar. Estamos todos, aún los que no habíamos nacido. Porque se estaba cocinando en una plaza la representación política de los trabajadores y los humildes, esto estaba pasando. La de mis tías obreras del vidrio, las tías costureras y mi abuela planchadora, aún la de aquellos que no la reconocían. Muy simple, como todo lo extraordinario.
La revolución en Argentina se llamó Justicia Social. Ya era muy de noche cuando ocurrió. Salió al balcón y todos lo veían, estaban al lado de él. Y habló, levantando los brazos. Le quemaron las retinas los rostros morenos de una Argentina sin redención, le inundó los oídos la música más maravillosa que pudo escuchar jamás. El dejó dobladas prolijamente las palmas a las que aspira todo soldado y se desabrochó la camisa.
No nos fuimos nunca más de esa Plaza.
Casi todos estuvimos pendientes de la tele el 13 en esas casi veinticuatro horas de rescate. Vimos como iban saliendo uno a uno, nos enteramos algo de las historias personales y fuimos al ritmo de las innumerables notas de color con que los periodistas llenaban los espacios entre idea y vuelta de la cápsula. Del campamento al piso, de este canal al otro, un poco de TV Chile para los que gozamos del cable. Algo de show mezclado con picos de emoción. Todo eso.
Para qué hablar de los detalles técnicos ni poner acá lo que se leyó, escuchó y vio en todos lados, como si un blog fuera una especie de periódico-testimonio único que debe registrar lo que ocurre para lectores que llegaron recién de otro planeta. Nada de eso.
Entonces, vamos a lo nuestro… Vi surgir del fondo de la tierra a unos fulanos con casco y linterna, ropa de laburo, porque claro son trabajadores. Y eso es lo principal. Yo no sé cuan lejos estará ya la clase obrera chilena de aquel Recabarren y sus historias heroicas, pero si se pudo apreciar lo claro, alto y presente que están valores como la solidaridad, la unidad y el compañerismo. Los salvaron esas cosas y la disciplina que da el trabajo.
Los hundió en la roca el incumplimiento y/o inexistencia de leyes de protección al trabajador, la ausencia y/o inexistencia de un Estado en el control de la actividad privada en general y la minera en particular. Es decir, algo que pueden compartir los chilenos con todos sus hermanos de latinoamérica por empezar y el resto del mundo para concluir.
Llegará la hora (porque todo llega) de discutir leyes laborales, seguridad industrial, códigos mineros (y no solamente minería “a cielo abierto” si o no), y demás en el marco del MERCOSUR y de la UNASUR. Como bloques también deberemos tender a legislaciones comunes, sobre todo en aspectos tan esenciales como el trabajo y los derechos de los trabajadores. Y todo esto sin salirse un milímetro del capitalismo, para que a nadie le de palpitaciones. Solo así se cumplirá lo que el “jefe de turno” (el nº 33) le dijo a Piñera: “Presidente, que nunca más ocurra esto.”
Un parrafito para la derecha (juro que es una tentación). Que me digan que no pensaron la suerte que tenemos de este lado de la cordillera de tener una derecha tan pusilánime e inútil. Como no comparar con el Presidente Piñera que, más allá de la utilización política y todo lo que se quiera decir, hizo lo que tenía que hacer y lo hizo bien. Los mineros sobrevivieron, salieron sanos y salvos y no fueron abandonados (como se ha hecho tantas veces en todos los rincones del planeta, bajo el capitalismo, el socialismo real o bajo el sistema que sea).
Un pequeño país tercermundista realizó una hazaña que siguieron por televisión mil millones de personas. No es poca cosa, es un montón. Mesurados, eficientes, profesionales, así fueron los encargados del operativo de rescate y todos los involucrados.
De todas maneras me quedo con lo anterior, el alma del asunto. Ese sentimiento del minero, orgulloso de su condición, sin lamentarse de ser quién es, enormemente nacionalista y familiero. Pueblo, esa es la palabra (en los shopingns no se consiguen).
Se prometían fiestas, comidas, bailes como para celebrar. No grandes cosas. Y a cada uno que iba saliendo, esa cosa tan linda… ¡Chi-chi-chi le-le-le, Los Mineros de Chile!


Los militantes de la Corriente Sindicalista Revolucionaria fueron los primeros en considerar al sindicato como un fin en sí mismo y al Estado como un interlocutor necesario, e ineludible. Afirmados en la conducción de la FORA (Federación Obrera de la Región Argentina, del IXº Congreso), habiendo desplazado a un anarquismo que comenzaba a ser anacrónico, se lanzaron a una relación difícil y tormentosa con la administración radical de don Hipólito Yrigoyen (ese inventor del progresismo criollo, junto a su par neoconservador Lisandro de la Torre). Les fue bien y les fue mal, pero la neutralidad y la distancia con el aparato estatal se rompió para siempre. Algunos dicen que la independencia también.
De esto se trata, de discutir el modelo sindical argentino de aquí en más. Es lo que subyace en las elecciones de la CTA y la omnipresencia de la CGT. Y se debe discutir porque estamos en un tiempo de gobiernos propios (para algunos, al menos, gobiernos amigos).
Es indudable que el esquema peronista de un solo sindicato por rama y una sola central en forma de confederación de federaciones sindicales (primero, tercer y segundo grado de organización) ha dado resultados concretos. Los trabajadores lo sabemos de sobra, y los que no se enteraron, lástima por ellos. Allí están los Convenios Colectivos de Trabajo, la enorme batería de legislación laboral que sentó jurisprudencia en América, las Obras Sociales, los hoteles y los hospitales. La relación con el Estado, próxima casi tocándose cuando se trata de un peronista que ocupa la primera magistratura (para bien y para mal), o de confrontación-negociación cuando las cosas vienen a contramano. Pero siempre guardando un márgen considerable de independencia por esa cosa “corporativa” que los radicales y los progres temen tanto.
Para el modelo cegetista los sindicatos son de Perón, los trabajadores son de Perón, ergo, los sindicatos son de los trabajadores. Sabemos que a algunos la lógica formal les disgusta.
Después está el planteo alternativo, en pugna, “clasista”. Algo así como los viejos planteos socialistas y/o comunistas (en la etapa “clase contra clase”). Independencia absoluta, cultura obrera en disputa con la cultura burguesa y el paraíso socialista como utopía conciente. La concepción de una clase obrera internacional y de una emancipación también internacional. A veces, la vida no es justa.
Soslayé al ideario anarquista, porque se sabe que anarquistas somos todos los que militamos en sindicatos (permítanme la humorada, me refiero al ideario libertario que anida en toda asamblea y en todo volante que hacen los compañeros).
Pero aún hay otro “modelo” más y lo separo a propósito (desde ya que nada es tan tajante, sólo trato de escribir una nota). Es el socialdemócrata, el progre impoluto, ese que habla de “barro” cada vez que se refiere a algún dirigente sindical peronista (o a algún dirigente peronista). El que está representado en el sentimiento profundo de la CTA, por ejemplo. Es un esquema que suena bien, que se toma de verdades a medias y es absolutamente inviable. Y digo esto más allá de que las circunstancias de la vida lo hayan llevado a uno a militar de tanto en tanto en esa “central” (había dicho ya que la vida suele no ser justa).
Estoy de acuerdo con la CGT, es mi organización madre (con toda la carga que implica hasta en lo personal). No veo mérito en “elegir” democráticamente al Secretario General entre pocos votantes que mezclan trabajadores sindicalizados, compañeros de organizaciones sociales y agrupaciones de todo tipo. No veo virtud en no tener Congreso Central Confederal y sí congresales con el brazo enyesado que saludan a una nueva burocracia vestida de hippies viejos.
El modelo sindical argentino debe ser el que más le conviene a los trabajadores argentinos. Pero no sólo esa premisa pragmática, sino también que conserve la unidad de los compañeros en sólidas organizaciones. La burocratización no es el problema, siempre es una consecuencia estructural y/o coyuntural del desarrollo capitalista nacional. ¿O alguno se cree que los sindicatos y el capitalismo no se llevan? Existen sindicatos porque hay capitalismo. Y, tras largas y amargas experiencias, sabemos que el peor dirigente sindical suele ser mejor que la ausencia de dirigentes y organizaciones sindicales. Porque hasta “don Carlos” –ese simpático patrón peronista- se quiere quedar con los aportes jubilatorios o el 0 Km si lo dejamos.
El presidente de la UIA, Héctor Méndez, llegó a decir que la Argentina “se parece a Cuba”. (... ) y alertó sobre una supuesta 'pérdida de competitividad' del sector empresario en el exterior. 'Cuesta salir afuera', insistió, a pesar de que el Ministerio de Industria difundió horas antes un informe en el que se destaca un nuevo record de exportaciones " (Página 12 del 08-09-2010). 
Este ha sido hasta ahora un blog bastante vago (de vagoneta), se postea poco, no se está al tanto con los acontecimientos, se descuidan las efemérides, se pasan de tiempo los banners para colgar y no se los cuelga. Un tanto es desidia, otro tanto la cabeza en otra cosa, y una dosis considerable de ignorancia informática.
Buenas excusas. Lo principal es que este es un blog personal, el mio. Ni un diario, ni un medio de comunicación, la verdad es que no quiero ser periodista ni escritor.Y hay un poco de eso en todo esto ¿no? Cosas personales, individualidades, un poco de humo subido a la cabeza.
Así como la comida macrobiótica (ni que hablar de la vegetariana) será muy sana pero jamás la enarbolaremos en reemplazo de un bife, el bloguerío no reemplazará jamás a la militancia. ¿Alguien lo pretende? Creo que no, son cosas totalmente diferentes, pero algunos te la tiran, sin saber si además militás o no. Y no es que haya que sacar chapa de lo que uno vino haciendo los últimos treinta años, no hay que ser el Subcomandante de Trulalá. Hay fulanos a los que se les caen lo galones arriba de la mesa, allá ellos. Humildad y trabajo, como decía el querido Saúl (querido).
Estoy grande para discusiones pavas. A mi me gusta andar en este blog aunque me visite poco a mi mismo. Me gusta ver el de otros, comente o no, me encantaría hacerlo más. Me encantaría también estar ahora en Mar del Plata, qué se yo. Qué importa.
El blog así como es cumple un año. Uno lo mira y piensa: será tontito pero es hijo mio. En fin, felicitaciones a mi, me mando un abrazo peronista.
Unos días después, otro diario publicó: “(…) los resultados hasta el momento no son desdeñables. Se dictaron condenas. Se acaban de conocer en Santa Fe las penas solicitadas contra Mario Facino por el secuestro y el homicidio de una integrante de las Ligas Agrarias. En Rosario se leyó la acusación contra los imputados, entre los que están Ramón Genaro Díaz Bessone, por crímenes cometidos en el CE de
“En San Rafael, Mendoza, seis represores son juzgados por cuatro víctimas. En Córdoba, Jorge Rafael Videla, Luciano Benjamín Menéndez y otros 27 imputados afrontan acusaciones por crímenes en el CE de la provincia. En Santiago del Estero el 10 de agosto empieza otro juicio contra Videla, Menéndez y Domingo Bussi (caso Kamenetsky). En el Chaco se oyen testimonios por la masacre de Margarita Belén contra nueve imputados. Y mañana (agrego: por el 2/8) empieza en
“Otro avance son los juicios contra civiles, como José Alfredo Martínez de Hoz, procesado por el secuestro de los empresarios Gutheim. En el caso Papel Prensa
Es decir, esto es lo que se está haciendo en la “era K” y es por esto, entre otras cosas, que varios destacados representantes de las organizaciones de Derechos Humanos consideran que el “enemigo” ya no mora en
No es cierto que –como me dijera un militante radical ofuscado una vez- se actúe de esta manera porque ahora los militares ya no son un problema y todo lo que se haga reditúa políticamente. Hubo que esperar más de treinta años, soportar imposibles chantajes y miserias, enfrentar el descrédito de
Entonces, no hay milagros ni especulaciones. Esto sencillamente es defender los derechos humanos y mantener desde la política bien alta la memoria. Y que

Obispo auxiliar de Cardenal Jorge Bergoglio, titular de
Estas declaraciones –que no fueron las únicas- publicadas en Tiempo Argentino del jueves 8 de julio pasado (un diario K, obvio) sacadas ahora de contexto por mi y fuera de la discusión del proyecto de ley que esta Iglesia perdió (y otras como las Evangélicas que se manifestaron democráticamente y con igual nivel de brutalidad) para bien de la sociedad argentina, son contundentes. No tengo la pretensión de desacreditar a la cúpula eclesiástica y me molesta leer humoradas o sesudos análisis hechos por agnósticos, ateos o fulanos que profesan otras religiones supuestamente más progresistas. Medievales, discriminadores, hipócritas, qué más se puede decir. Me centro en esta Iglesia Católica que, hace muchos años, era mi iglesia. Alguna vez un cura querido me dijo que mi problema era que no soportaba la decisión de Dios de poner hombres en lugar de ángeles al frente de su Iglesia. Es cierto. Lo que no soporto, además, es que una oscura y maravillosa secta judaica lanzada al mundo pagano haya devenido en esta basura.
Sería justo decir que cuiden la banda de pedófilos que les hace gastar tanto dinero (el Vaticano sigue pagando indemnizaciones y silencio y no puede menos que aceptar el desastre moral inocultable). Sería más justo recordarles las complicidades nunca desmentidas y cínicamente “autodisculpadas” con la dictadura militar de 1976. Dieron vuelta la cara, pero no para ofrecer la otra mejilla, sino para no ver a las Madres y para no inquirir a los asesinos. Aramburu, Tortolo, Bonamín no eran una excepción, eran una política. Porque
Así como no me gusta que me muestren el peronómetro, no voy a sacar el teonómetro para ver quiénes son o no los verdaderos cristianos. Ensuciaron todo, no hay remedio. Son la pasta base de los pueblos.
Me duele la puteada y me reconforta a la vez. No somos todos iguales, hay una subhumanidad que quiere impedirle a las mayorías reconocerse en los cambios, en la naturaleza y en el propio devenir de la sociedad. Haber suplantado al Imperio Romano no les da derecho de regir las vidas de cada uno. La vida sigue y seguirá sin “juicio divino”, sin “guerra de Dios”.
Hace muchos años que no espero ver a Jesús blandir el látigo para echar a los mercaderes del Templo. Hace tiempo que se que los mercaderes dirigen el Templo y blanden el látigo sobre cristos sin voz. Hay muchos católicos que dan testimonio de vida, de “opción preferencial por los pobres”; existe aún por suerte la “teología de
Yo era un nene de lentes feos de unos ocho años, llevaba un tapado gris y un sweter tejido por alguna de mis abuelas, pantalones largos de salir porque era invierno y zapatitos lustrados. Aún me cortaban el pelo con media americana y el flequillo a lo Marrone. Seguramente no me fijé en mí, esa es una costumbre de la adolescencia que aún me encandila cuando me siento a tomar un café frente a un espejo.
Ese día -u otro día- el viejo había entrado en confesiones políticas con su hijo mayor. Ibamos doblando la subida de la panamericana a la altura de Vicente López en el Gordini que teníamos en ese entonces, cuando subitamente y como siguiendo alguna noticia en la radio del auto en la que yo, desde ya, no había reparado, me dijo que iba a votar a la UCRI porque le gustaba Frondizi. Que siempre había sido radical, pero que Frondizi había hecho bien, porque era muy inteligente y había que hacer partidos nuevos. Que empezaba una nueva época y que todo era muy, pero muy importante.
Pregunté qué era votar y me dijo que los militares se iban a ir y que por eso, la gente tenía que elegir al presidente. Me impresionó eso de que todos votaran al presidente y mucho más que el presidente no tuviera que ser un militar, aunque creo que no entendí muy bien qué cosa era votar. Lo claro era que se hacía entre mucha gente. Fue todo, pero esa era la primera charla política de mi vida. En casa no se hablaba de eso y si lo hacían, los chicos nos habíamos ido a la cama. Se que comentaban siempre el noticiero de Radio Colonia, pero eso era muy tarde y yo me levantaba a las seis para ir al colegio. Después de eso no hablamos de política hasta que fui más grande y, como era de esperar, nunca estuvimos de acuerdo.
Aunque si se hablaban de política en casa, ocurre que yo no sabía que esos temas tenían que ver con la política. Recuerdo que decían cosas de alguien que había sido presidente antes de que yo naciera y lo que decían no sonaba muy bien. El viejo decía “el dictador”, “el que está en Madrid”, “ese”. Un innombrable. Enganchando un párrafo con otro, pude reconstruir después una trama. El viejo era profundamente antiperonista, tanto que se había sacado el brazalete negro que le obligaron a ponerse en el banco cuando murió Evita (aunque incomprensiblemente también supe, años después, que respetaba a la Señora). Decía que no lo ascendieron por eso. Y mamá contaba que en su casa de soltera se habían refugiado monjitas con las que ella trabajaba como maestra, porque las perseguían y hasta el hábito habían tenido que dejar para que no las reconocieran. Y otras historias... de la gente que se había envalentonado con el peronismo. Mamá contaba que el abuelo escuchaba atentamente los discursos de Perón por la radio y decía que estaban ocurriendo cosas por las cuales el país iba a cambiar para siempre. Su padre había muerto en el '48, dejándola con una soledad que aprendió a compartir consigo misma y que aún le dura.
Pero volviendo al tema, los militares los habían librado de Perón, pero no del peronismo. “Esto no se acaba más” rezongaba el viejo. Encarnaba la forma no peronista de ascenso social (en el país peronista). Inmigrantes, conventillo, madre abnegada, un padre perdido en el humo del toscano desde el umbral de la casa alquilada en Coghlam, el laburo desde los trece años, el trabajo en el banco de Italia, el hijo único y la madre viuda. El hijo casado, la casa propia, el crédito, el auto, el hijo. La sistemática compra de electrodomésticos para la madre que se resistía a tanto artefacto pero que se hizo adicta a la tele. La compra de la casa alquilada para la madre. El velorio de la madre en su casa en el '63 y el camino del desconsuelo que guardó en trajes de sastre y las ganas de conquistar el mundo.
Nunca me dijeron quién era el tal Perón, pero seguro que nada bueno. Alguien violento, que enardecía a la gente y prometía venganza por la radio. Valores no cristianos. Alguien que vivía como un rey en España con todo lo que se había robado. Y la queja por tanta y tanta gente que seguía siendo peronista.
Algo no encajaba. ¿Por qué toda esa gente insistía con algo que a mis padres les parecía una pesadilla? Sin duda, algo tremendo y terriblemente importante había pasado justo antes de que yo naciera.
Y entonces, dimos ese extraño paseo del que hablaba al principio. Seguimos caminando para buscar el coche –que ya era un Peugeot 403- y pasamos frente a un puesto de diarios y revistas. El viejo hizo más lento el paso como deteniéndose casi y señaló una foto. Yo sí me paré y él me tironeó nervioso.
Era una foto coloreada como las que había visto en una visita a Luján, con un señor muy sonriente y magnífico en su uniforme verde oliva montado sobre un enorme caballo blanco con pintas negras. Apurando ahora si el paso, me dijo como en secreto: “Ves, ese es Perón”. Me recomendó que no repitiera el nombre porque estaba prohibido, pero que ya lo iba a escuchar porque se venían las elecciones. Pero que Perón no podía participar, porque los militares nunca iban a dejarlo volver al país.
Quedé confundido, porque el tal Perón al parecer también era un militar. Hasta tenía caballo. Parecía un prócer fantastico aunque un poco antiguo. Bueno, como todos los próceres que más tarde me darían y quitarían el sueño.
Le duele el juanete. Lo dice mientras lo lava con agua de alivour en una palangana. Cosas de ponerse vieja, podría pensar ahora pero mi tía María no está viva ahora. Estaba viva en los sesentas cuando me pasaba el fin de semana en la casa italiana que había construído el tío Miguel, que para eso era albañil o maestro mayor de obras o tano incrédulo porque no se sabía en qué región y en qué país lo había dejado la guerra del 14. Son los viejos. Esos que no hablaban de política ni de religión porque se armaba la podrída y todos se terminaban tirando con migas de pan y a veces soda. Los domingos eran así. Mucho ruido, mucha familia enrraviolada con menudos de pollo. Y el pollo pobrecito venía del gallinero que estaba al costado de la casa. Muchos domingos de abuelas y de tíos que han pasado a la historia como el país que ha pasado a la historia. La tía María que te dice "piojoso" con un cariño incomprensible hoy en día. Si le contara del tuiter y del feisbuc, si les contara todo el océano que cruzamos para llegar acá, justo en el lugar en el que ellos vivían su domingo en pijama... Estamos viejos los chicos de esas casas, y si, estamos algo más viejos. Y todos esos mayores que no nos vieron. Qué decirles hoy a esta hora de la noche en que no se por qué me vienen todos y miran lo que escribo sin entender qué carajo estoy haciendo en vez de ir a dormir que mañana hay que ir al trabajo. Es el blog tía que hace mucho que no escribo nada, porque a veces no se me ocurre nada como cuando me hacían dormir la siesta de prepo y me la pasaba pensando con los ojos abiertos. Queridos viejos, les quiero decir algo, ¿saben? el país se construye como ustedes decían pero es más complicado. Qué les voy a contar de heridas si ustedes se despertaban sin saber si todavía estaban en el conventillo, sin saber si esa sábana planchada les era propia. Eran las épocas del ascenso social y la familia sabía un rato largo de eso. No pudieron enseñarme porque yo ya estaba allí en el escalón que me dejaron y sin la historia de lo que había costado. Por eso uno puede ser hoy el "marquesito" mimado, el del postre hecho en casa con huevos del gallinero (otra vez). Bien vale esto aunque no se entienda para reconocer todo el laburo acumulado en cada pensamiento que uno tiene y se cree que es propio. Cada idea llevada en andas por todos los días desde la cinco de la mañana en la obra, en la cocina, en el planchado, en el banco, en la feria, en el corretaje. Mucho laburo acumulado. Uno es el producto de todo eso, el producto de un país silencioso que saluda por la calle a los vecinos, que saca la silla a la vereda y ve pasar a los conocidos. Que se la pasa a la noche viendo los fúnebres para ver si se murió un conocido y mandar el pésame. ¿Saben? parece que no tengo nada que ver con estas historias y sin embargo, a medida que me voy volviendo cada vez más grande, me vuelven y me dan vueltas. Todos ustedes. Los quiero tanto como al futuro que no se qué mierda es y si va a venir algún día. Todos ustedes en medio de este departamente cuando me junto con mis hijos los domingos a comer y ver series y hablar de la vida mientras suena siempre de fondo la acústica que no se tocar pero Emiliano si. Diferentes domingos. Diferente país y el mismo. Quiero un puente entre todos, para volver a verlos y que vengan a visitarnos, que tanta falta nos hace. Porque no se puede soñar sin mística, porque no se puede creer sin tenerlos de cerca. Así es el país que necesito, el que ustedes deletreaban y en el que yo me comía los ravioles con estofado. El que tenía los mismos enemigos pero más crecidos. Como crecí yo y tantos, con la diferencia que a mí me criaron ustedes, viejos queridos.