lunes, 5 de diciembre de 2016

DE LA QUE NOS SALVARON...



Los medios repiten (y mucha gente multiplica, como era de prever) que las cosas no van bien, no cómo deberían ir, y hay que pensar que tomó casi un año “desactivar las bombas” que dejó el gobierno anterior. “Recibieron un país en llamas”, y listo. Así de sencillo y fácil de creer, será por eso que se cree fácil. Como habían hecho ya en la Ciudad de BA, la culpa de todo la tenía el gobierno anterior (el de Ibarra, que tiraron por la ventana montándose sobre los cadáveres de Cromagnon); ahora el sistema se amplifica a todo el país.

No hay dato cierto (ni mentiroso, es decir de sus propias usinas) que verifique tal caótica situación, más bien todo lo contrario a juzgar por los porcentajes que manejaron ante organismos internacionales para demostrar la bonanza real del país. Eso, el estúpido medio no lo registra a pesar de que se lo hacen en la cara. Y mucho menos, para decir como dicen sin vergüenza, que evitaron una catástrofe. Es genial: especulan, manipulan hasta la locura, te crean una crisis con la que ganan fortunas, te echan la culpa y encima te cuentan que lograron evitar que estuvieras mal (como estás).

La verdad es que recibieron un país en orden, con los números arriba y una envidiable situación social si pasamos revista a las generales de la ley en Argentina (que son las actuales) y a pesar de una crisis externa y de crecimiento interno que nadie negaba. Pese a todos los contratiempos –y van errores propios en la cuenta- la inflación estaba cediendo y había una recuperación económica notable en casi todos los niveles. Los problemas iban siempre por el mismo lado, cuando hablamos de un país que aún no se desarrolla como debiera y es dependiente de macroeconomías lideradas por el neoliberalismo.

No había una catástrofe en puerta, más bien una salida si se comenzaban a tomar medidas en defensa del consumo, el mercado interno, la industria nacional y la diversificación de mercados internacionales. Es decir, si se votaba a Scioli. Opciones políticas (y hasta ideológicas) había muchas –más allá de su desempeño en votos posibles- pero rumbos había solamente dos.

Vamos a cumplir el año de aquella crucial elección y tenemos los primeros resultados no achacables a la pretendida pesada herencia. La economía está para atrás, el mercado interno se derrumbó, la inflación es sensiblemente superior a la que tanto molestaba antes, importamos alimentos en lugar de exportarlos, la deuda externa crece a paso redoblado… y más. No hay estallido porque el gobierno anterior dejó un país que estaba bien y hay con qué resistir un rato más. Salvo los que estaban contenidos pero afuera de la economía formal, pobres pobres que les dicen, a esos no les sobra acolchado y por eso les van arrimando la Gendarmería.

Hay una minoría que se beneficia con el país delineado por el liberalismo. Son los que necesitan manejos monopólicos y/o hegemónicos en los mercados; ciudadanos del mundo que pese a haber nacido acá no reconocen patria y hacen negocios en cualquier lado en que la maximización de la ganancia pinta mejor; gente a la que la producción le chupa un huevo y sólo es un vehículo para juntarla en pala como cualquier otro; los que hablan del “costo argentino” para referirse al laburante. Y le viene fantástico a esa otra clase de fulanos que lobean para multinacionales, gestionan exenciones, privilegios fiscales o eximiciones de prisión y/o proceso electoral. Al grueso de los eventuales votantes el cambio es que no esté la “yegua” y su casta de seguidores, que se acabe el igualitarismo infartante que desdibuja el logro propio (si lo hubiere y si no, peor aún), que de una vez por todas se dejen de romper la pelotas con la demagogia de los derechos. Justo es decir que había otra minoría –uno quiere creer que son minoría- que simplemente obraban de piolín del globo. 

Los segundos y los terceros son los que quieren creer (y dejaron de creernos o nunca lo hicieron) y bancarán un rato más todavía, aunque el cielo de pueble de nubarrones. A qué subsuelo de la patria llegaremos lo dirá la pujanza de la estupidez y, en juego de contrarios, la integridad de los que no se comen estas cosas y van poniendo los límites al saqueo.

El año que viene es “año electoral”, el famoso de medio término, en que se definen cosas que van más allá de cargos y pajaronadas para adornar el libro de cívica que el boludaje tiene en el marote. Será el tiempo de la pincelada gruesa, esa que no admite detalle porque tiene que cubrir toda la superficie. Es decir, no va la mirada aguda del enojadito que la va de puro, como tampoco la lógica ladri del que todos los bondis lo dejan. Construir mayorías atrás de más o menos un proyecto político no es para cualquiera.

La memoria está bien, a veces hay que entender la nostalgia, pero lo que sigue tiene los contornos de otro tiempo al que la fabulosa plaza del 9 de diciembre aquel le queda un poco lejos (aunque sea un recuerdo imprescindible) y que necesita, imperiosamente, ir armando los números de mayorías que aún no están construidas, aunque tengamos todos los materiales desparramados por el terreno. 

Algo así.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA CERTEZA



"Teníamos la certeza ilusoria de que Fidel nunca se iba a morir" * 

Eso dicho en la Habana extraordinaria, en días extraordinarios en los que el asombro por algo tan común como la muerte y lo definitivo de nuestra cualidad esencial. Ni lo habíamos pensado, aunque se dice siempre que uno estaba preparado. Mentira, pura mentira. Creemos profundamente en la inmortalidad de nuestra vida mortal y más, pero mucho más, si la vida en cuestión es la de alguien que dota de significantes preciosos a tantas vidas. 

Creer en Fidel ha sido la excusa de tantos años en los que no se hizo la Revolución. Acá, en esta patria que vio partir al Che sin ser el Che y sin motocicleta. Acá, en medio de gente que se cree más miserable que los que han sufrido horrores en guerras. Acá, donde fueron posibles tremendos actos de solidaridad y cuantiosa miseria humana. Acá, finalmente acá, también Fidel ha muerto.

Los jóvenes de los sesentas han perdido la juventud hoy. Los que sintieron hervir la sangre al ver cómo cachetaban al país injusto, terriblemente injusto. No eran bohíos, no eran negros esclavos, eran cortadores de caña en Tucumán, eran jornaleros olvidados en cualquier provincia. Era la proscripción absoluta de los días más felices y la Resistencia. Eran algo más que chicos que se iban tomando en serio que se había declarado una guerra. Eran la rabia de Perón. Y eran también, la retaguardia secreta de Ernesto, por si algún día algún foco. Hasta eran también los melenudos que la policía arrastraba y rapaba cuando sólo querían rock y amor.

Evita tenía un nombre italiano en un cementerio italiano y esperaba de pie. Nadie lo sabía, o casi nadie porque los verdugos si sabían. Fidel marchaba desde la Sierra para entonces, bajaba y el paraíso cabarutero se iba a la mierda. O a miami. Pasó mucho tiempo, esa si que fue una grieta y a veces uno siente envidia porque de aquí no tuvieron que irse los gusanos (hasta aprendieron a ganar elecciones).

Hoy Fidel está marchando al revés, volviendo a Santiago donde largamente espera Martí. Será un encuentro entre cubanos. ¿Y nosotros? cuándo será el momento de encontrarnos, de lograr la segunda "y definitiva" independencia, de que sea justa, libre y soberana para siempre. De que esa patria grande tenga un pueblo felíz. Son las consignas que se enganchan siempre en esa certeza ilusoria que es nuestra y de nadie más. Y que deberemos cumplir nosotros, y nadie más.  A veces resulta que no existe el internacionalismo proletario y que es cosa de cada uno, más allá de que te alegres o entristezcas con lo de los otros.

Fidel se corre hoy, termina su función. Quedamos solos y lejos. Como un público que se va dando cuenta de que la obra está entre las butacas al tiempo que se apagan los focos de la escena. No es novedad claro, pero está pasando. Acaba de terminar el siglo veinte, esta vez en serio. 

Para algunos (nosotros) se abre un abismo con la muerte y vemos que, pese a todo lo hecho y a todo lo evitado -lo mucho evitado-  aún tenemos casi todo pendiente. Como siempre. Elija usté la revolución que quiera -por ejemplo, la justicialista- y no nos digamos que es un sueño eterno. Más vale que la despertemos y que algún día, aunque seamos muy viejos y otros demasiado jóvenes, podamos pensar en equilibrar la distribución y también la propiedad. 

Hoy ya Fidel nos ha dicho todo lo que tenía para decirnos, porque no somos los cubanos, somos los argentinos. Cámpora estuvo flanqueado por Dorticós y Allende, Néstor por Chávez y Fidel. El próximo, la próxima, ¿por quiénes? Esto es de largo aliento, no apto para impacientes y menos aún para retardatarios. Y aunque le parezca  mentira, estamos aprendiendo para lo que vendrá y volver mejores, como dijo la Señora. 

Fidel pasa por cada pueblo, por cada calle, en una marcha que formalmente se detendrá en Santiago. Sabemos que seguirá, porque siempre lo ha hecho. Y que por más tiempo que pase, un espejo nos aguarda para mostrarnos canas, arrugas, y la sonrisa guardada de los que saben que hay que insistir hasta que salga. Hasta la victoria.

Siempre; con la misma ilusoria  certeza.


*(Yola, citado en "Homenaje sin ron a Fidel, el Martí del siglo XX" de Martín Granovsky, Página 12 del 30/11/2016, pág 24).


sábado, 26 de noviembre de 2016

COMANDANTE (ordene)



Siempre ha sido difícil lo del héroe. A un código de moral, al arrojo, a la absoluta minimización de lo conveniente, a las decisiones en solitario, a momentos de dudas que ni podemos imaginar... se suma la tragedia, esa manera acostumbrada de irse joven, como si un montón de cosas quedaran para algún día que nunca ha de llegar. Y así lo que quedamos, podemos constatar una ráfaga de acciones que nos han cambiado la vida. Quedamos en deuda eterna, impagable, sólo nos quedan los homenajes. A Eva nos la arrebató el cáncer fraguado por el odio intenso de la oligarquía moral de pobres canallas; el Che fue acribillado en una escuela perdida por sicarios uniformados y la CIA; a Néstor lo desgarró una noche de tanto desoír los consejos de parar la mano para sacar del infierno a un país. Por decir tres, que nos tocaron. Cuánto hubiéramos necesitado que no ocurriera, que se quedaran y terminaran lo que habían comenzado, pero claro, nosotros siempre necesitamos algo. Será por eso que los héroes son algunos nomás. 

Se me ocurre que mucho más difícil ha de ser quedarse mucho, estar mucho, y seguir siendo héroe.  Fidel, en este caso.

El tiempo atenta contra los héroes. Los humaniza, se  notan los errores (y fíjese que si un error le ha costado la vida, se alimenta el mito), se achaca el personaje, o se opaca y los personeros del olvido le van bailando alrededor. Generalmente el tiempo hace bolsa cualquier cosa, desde la belleza hasta la maldad.

Usté podrá compartir si digo que no se de qué manera, pero Fidel ha podido con el tiempo. Pudo haber muerto en combate, ocasión no le ha faltado; o víctima de los más de cuatrocientos atentados que le fraguaron tantísimos gusanos, los servicios del águila. Y no, hasta se dio el lujo docente de alejarse cuando la cosa no dio y vivir aún diez años más recibiendo gente, escribiendo en el Gramna, saliendo de tanto en tanto, aceptando ser viejo. De tantas veces que se anunció su seguro y chequeado deceso, vino a ser un escueto comunicado de Raúl que no como hermano, sino como subordinado combatiente a su Comandante, nos dice que es verdad esta vez.

Hemos vivido con Fidel, con él crecimos. Lo miramos, admiramos, leímos, seguimos, alguno hasta lo vio. Uno personalmente tuvo la sensación extraña de haber estado en Cuba y saber que Fidel estaba allí en algún lado, levantándose, desayunando, leyendo, escribiendo, saliendo a dar una vuelta. Uno personalmente pudo ver el mito y conocer a los propagadores del mito, los cubanos. Que lo habían visto, que vive acá, que a unos kilómetros, que en una base, que muy cuidado, que aparece como siempre en cualquier lado en cualquier  momento. Uno personalmente ha charlado brevemente con un ex coronel a cargo ahora de la sala dedicada Wifredo Lam, sólido, cálido, duro, amable, incombustible, custodio de Fidel. Uno personalmente ha visto la picardía de Benito parloteando cubanamente sobre su plantación de tabaco y lo conveniente de tener como comprador al Estado cubano; ha conocido personalmente a Javier y Katia saludar todos los días con un "seguimos combatiendo" en su casa de alquiler para el turismo en Santa Clara. Personalmente, con el maestro enojado en  una charla paseada por el Malecón que terminaba con un "estoy con la Revolución, pero quiero más oportunidades". Personalmente, a la madre de Magalí en Cienfuegos, antigua sirvienta, ponerse de pie en sus enormes años y con la vista en la noche pronunciar su nombre entero Comandante Castro Ruz, ordene. Personalmente escuchando una noche al sereno de Casa Blanca en la Habana con los ojos como el mar dar la mejor definición la Revolución " a mi me va la vida". 

Fidel era un ensueño de cuando muchos pensábamos que se podía todo, hasta el Socialismo. Y después, cuando nos dimos cuenta de que se podía algo, Fidel también estaba para que no nos fuéramos al carajo. 

Es extraño este día en que ya no está; será que estamos grandes. Una confirmación de que estuvo bien, todo estuvo bien cuando la cosa es hasta la victoria siempre, aún cuando la victoria sea una novia esquiva y el siempre la posibilidad que desvela.

Una foto decolorada por el tiempo en el calor abrasador en la Habana que sigue pegada por alguno en una pared a la que le falta el revoque. El Comandante sonríe y la bandera abajo flamea. Martí había hecho la promesa, así había empezado esa cosa. Y Fidel se la cumplió. 

Como a todos nosotros. 


Hasta siempre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Y SOBERANA



Soberanía es que…

...un pueblo decida su futuro en una comunidad organizada, en la que el gobierno que se dieron hace lo que ese pueblo quiere.

...tengamos como sistema político una democracia popular, y no una república aristocrática en la que los derechos políticos son ejercidos en plenitud por los que tienen poder, dinero e influencia.

...un país que se sustenta en la producción y se relaciona con el mundo a partir de una mirada propia.

...ser federal en serio: con provincias que son estados como polos de desarrollo dinámicos y con iniciativa e independencia, y que confluyen en un Estado Nacional que tiene la misión de representarlos ante el extranjero y garantizar un equitativo reparto de lo producido por todos. 

...que estés orgulloso de ser argentino siempre.

...seamos todos de clase media, ni muy ricos ni, desde ya, pobres.

...la cultura popular se resignifique e incorpore en sus términos la cultura de las élites.

...haya una sola clase de hombres, los que trabajan.

...exista una Patria Grande y un Pueblo felíz.
 
Porque alguna vez, la soberanía no existía… Y entonces hubo que inventarla.

Unos fulanos dejaron la siesta colonial y salieron a sacar al Virrey. Y lo sacaron. Pero antes se habían reconocido expulsando con lo que tenían al mejor ejército del mundo, el inglés. Se bancaron la guerra contra el Imperio Español, una guerra civil entre americanos, y la guerra interna de un espacio nacional que todavía no estaba muy definido. 

Hubo muchos proyectos, y como dice un conocido periodista (Gustavo Campana) son dos, uno sólo es un  Proyecto Nacional porque el otro es un proyecto de Colonia. Uno dice, no son dos, sino muchos y múltiples modalidades de verlo generación tras generación, pero es cierto que tiran todos para un lado o para el otro. El pueblo argentino viene a ser el producto de ese tironeo.

El primer partido de masas que tuvimos dio un curioso presidente carismático de pocos discursos. Creía que la sociedad debía conformarse por consenso buscando la armonía social, pero tenía ante si a un país muy desigual. Trató, amplió derechos y participación y en otras cosas le torcieron el brazo. Le llamaban el Peludo, don Hipólito Yrigoyen.

Y hubo otro presidente que dejó las palmas de general a las que aspira todo militar para tomar el abrazo del pueblo un 17 de octubre. Era Perón. Era el pueblo que ocupó la plaza, las ciudades, los lugares sagrados de la antipatria y no se fueron jamás. Todavía estan(mos), a veces dando vueltas por ahí medio perdidos, pero siempre para volver a casa.

Un buen día, hace mucho, un brigadier general de cara seria, poder tremendo y ojos azulados, dio la orden de defender las cosas bárbaras de este país en veremos y le puso cadenas a la prepotencia de las potencias. Las cadenas fueron rotas y los barcos pasaron, pero la resistencia fue de tal manera que los gringos se volvieron. Fue una primera vez, atolondrada, valiente, a pura patria. Un general viejo y casi pasando al bronce, desde las Uropas en las que se exiló, tomó su sable como se dice "fundido en la Independencia" y se lo envió al brigadier de las Pampas. San Martín nunca se equivocó de enemigo, nunca la pifió con sus soldados.

Así fue, así es, una historia argentina de la Soberanía que vamos ganando y perdiendo todo el tiempo y que tratamos -algunos- de llevar puesta en cada gesto y cruzando cada pensamiento. Porque la soberanía es esa extaña posibilidad de hacer finalmente la justa y libre.

Nosotros al fin, y el mundo que queda más allá de la ventana.