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lunes, 14 de diciembre de 2015

A LOS OJOS



Llegamos a la plaza de siempre. Pudimos haber viajado en columna pero no, como muchos preferimos ir con nosotros mismos a cuestas. Muchos días amargos tras el 25 de octubre, mucha discusión, algún que otro mal gesto, cosas de cuando se ve claramente que se acerca un día. Ese día.

Pero ¿qué hacer? Qué hacer cuando la palabra “derrota” que está tan cargada de tragedia, no es trágica. Cuando “por poco” comprobamos y comprueban que el país si está partido casi al medio. Eso es una circunstancia, los números, pero lo partido tiene toda una historia, que es nuestra historia, la argentina. Y uno sabe por experiencia y porque se va aprendiendo que nunca quedan de un lado todos los buenos y del otro todos los malos, ni todos los leales contra todos los traidores. La cosa suele ser más tozudamente compleja, como la vida, como los amores y las miserias.

¿Era tarde, vinimos a horario? Había una convocatoria medio así pero no estaba clara la hora de llegar, simplemente fuimos viniendo y llenando todos los claros, ubicándonos como el agua lenta pero inexorablemente y sin contención posible. 

Había un último acto adentro. Inesperadamente, la imagen de un amigo. Uno que se acercó para bancar el momento, hacerle la segunda, decirnos con el gesto lo mucho que vale el respeto, tal vez de puro agradecido se quedó mirando fijamente a quién sonreía levemente ahora en el mármol. Entre los dos corrieron la bandera que lo cubría, lentamente. Nunca vamos a olvidar a Evo, nuestro hermano y querido Evo. El Fulano apareció con la mirada clara y también difícil, como cuando entonces. Grande, blanco, con la banda, fantástico. Don Héctor lo miraba también desde su mármol y el sinfín de caminos por los que hizo aquel triste desfile con la lealtad. 

Era entonces. Otros tiempos que corrieron con el General que vivía y atronaba, protegía, destemplaba; era cuando nuestra juventud no sabía que era tan pero tan joven. Ay, lástima. Y aquí estábamos llegando como siempre, porque doce años parece como siempre. Y no es así.

Nuestra costumbre es una rareza en la Argentina atroz, esa que no quisimos ver, la que negamos, la que sin embargo aparece una y otra vez porque no está sanada. Estábamos y fuimos porque somos lo que somos y no podemos ya ser otra cosa. Al menos no todos, sabemos siempre que algunos siempre irán corriendo tras bastidores acomodándose para agradar y recibir.

Pero no fue Daniel uno de esos. Y la plaza al fin, por fin, lo reconoció. Tuvo que vestir la mortaja apretada de la derrota apretada para merecer el elogio de que “siempre acompañó”. Y un minuto… Daniel no nos traicionó, pasa que es un poco más educadito y de barrio que muchos, que será un bienaprendido que sabe que lo cortés no quita lo caliente (ay, guardémonos de los que gritan y declaman…). Va a ser importante preservarlo porque el futuro requiere también de fulanos como Daniel. 

La Señora salió finalmente al único espacio que no traiciona, al único aire que puede respirar tranquila. Era una despedida, la más fastuosa y espectacular porque estaba llena de gente que se pasó el plan y el chori bien por el orto y enarboló las convicciones que Néstor no dejó en la puerta. Y la puta que me hubiera gustado que hubiera dejado al menos alguna colgada con tal de tenerlo vivo y putearlo por algo y no en ese mármol y la puta madre que lo parió al dolor que te chumba y te tarasconea desde adentro, con espuma de rabia y sin consuelo posible. Acá se quedó tirado lo mejor. Néstor es nuestro caído por un país que quizás no lo merecía. 

Salió y habló fuerte y claro. A los ojos, directo a la boca, hermano. Como siempre. Nos tiró todo el discurso, el despliegue maravilloso de la gran oradora, la que ya no tendremos, la de la Conductora que acertó y se equivocó en partes iguales, al menos intensamente iguales. Y qué si es la mariscala de la derrota, beso la derrota por esa mujer, carajo. 

Cristina, nuestra Cristina. La que se va escoltada por una Plaza, pareja del Otro que también se fue escoltado por una Plaza. Del Partido fundado por un milico que dejó las palmas de general por la descamisada manera del pueblo peronista y se llevó todas las plazas. 

Vendrán otros y si, amigos, enemigos, enemigos, aterrizarán en la plaza los aviones de la marina que volvieron del Uruguay. Lo que quieras, pero nosotros siempre vamos a estar porque este es nuestro país, aunque empiece a no parecerlo. 

Necesitamos un poco de calma, che. Un poco de sentarse y tomar mate, un poco de silencio. No es necesario desensillar del todo porque aclara cada vez más rápido. Y tal vez poco importe si esto se trata solo de la sucesión interminable de destrucciónrreconstrucción. Pobrecita nuestra historia que cada tanto empieza de nuevo como si nada pudiera aprenderse. Pero si, imperceptiblemente un ladrillo se pone arriba del otro y así… Es desesperante como el pueblo elige hacer la historia, el tiempo tremendo que se toma(mos).

Y así. A los ojos. Nos mira derecho a los ojos porque puede. Y no es que todo estuvo bien, vos sabés que no.

Tengo el orgullo de haber ayudado a criar pibes que muchas veces no acuerdan conmigo y ser a sus ojos más conservador de lo que me gusta aceptar, pero el orgullo de que cuando las papas quemaban y hacía falta estar de un lado claramente, allí estaban. Se llaman hijos. Los nuestros, los que nos cuestionan como nosotros cuestionamos antes. 

Ellos tienen a Cristina para pelearse y también para reconciliarse, porque Perón les queda lejísimos. Mirá si les hubiéramos dejado solamente al Carlos, hubiera sido como para que el enojo les durara para siempre. Pero tuvieron a Néstor y a Cristina y por suerte, la dialéctica volvió a salvarse.

Puedo mirarla a los ojos en el silencio de la noche, cuando la Plaza se desarma casi dos horas después de que se fue. Si Dios lo permite, quiero ser como ese viejo peruca que consolaba a Lara (que lloraba para ella nomás)

diciéndole “nosotros siempre volvimos, y ahora también vamos a volver”. Quiero ser ese, algún día. 

Alguna vez éramos la rabia de Perón porque como decían que muerto el perro se acabó la… Y nos abofetearon con que eran la vida. Y nos la bancamos. Todavía estoy como un pelotudo esperando los cómputos de la Provincia que no llegaron jamás en el ochenta y tres. Ahora tampoco, porque el único que tiene la vaca atada es milka.

Vamos a sufrir el paseo de los globos y las burlas o el silencio, como si jamás hubiéramos existido. Hay tantas formas de decretar el 4161, cuando no se podía nombrar al quetejedi. Era mi niñez y por suerte no la de todos estos pibes que se iban llorando. Pero vivos. 

Algo hicimos. No mucho, pero si algo como generación política, con todos los charcos que tenemos y no llegan a lago y mucho menos a mar. No sé, tantas cosas se podrían decir, pero esto no es un análisis de nada sino una sobria borrachera.

Algún día mi nieto (que ya existe) puede que me pregunte cómo era Néstor y Cristina. Le puedo decir que los vi, les di la mano, les di un beso y los mire a los ojos. Y lo que había en sus ojos cuando miraban. 

Y hoy… bueno, que estamos empezando a volver pero todavía no se nota.
Todo tiene que ver con poder mirarnos a los ojos. Así.
(viva Perón)

domingo, 17 de octubre de 2010

AMOR DE DIECISIETE


Era un viejo modelo sindical y ellos eran sus dirigentes. No se caracterizaban por ser aventureros ni excesivamente contestatarios. Quedaban todavía algunos que podían contar pasadas glorias de aquel “sindicalismo revolucionario” de la Unión Sindical Argentina. Otros, aún fieles -pero nunca demasiado- al socialismo partidario, se sentían dueños de la sigla madre. Todos, sin dudas, tenían para mostrar blasones proletarios. Viejos sindicatos de transportes, ese nudo estratégico del modelo agroexportador que ya no era; los gremios de oficios que se extinguían junto con el recuerdo libertario de aquellos magníficos gringos anarquistas; el auxilio y sangre nueva de potentes sindicatos por rama de la industria organizados y tironeados por comunistas…Una babel obrera que se entendía por señas, por amores y desamores profundos, por historia.

Se estaba por partir.

Las bases ya no se podían contener; sólo esperaban a sus dirigentes a la cabeza pero… ¿cuánto más? Se sucedían las marchas espontáneas, los casi paros, las preguntas, porque si el coronel está preso ¿qué carajo nos puede esperar a nosotros? Sólo la sonrisa sobradora del patrón, de los de personal, del capatáz que anuncia la vuelta a los infiernos y el ya vas a ver, ya vas a ver.

Y eso que el movimiento obrero argentino ya no quería hacer la revolución social. Fuerte. Quería movilidad social, derecho laboral, protección, reconocimiento. Poder pasear el orgullo de ser trabajador, y ni aún soñaban que era posible algo así.

Mientras transcurrían las horas del confederal la gente salía de las casas. Una turba silenciosa de hormigas con un destino impensado. Vamos todos. Arriba de camiones, en los techos de los tranvías, de a pie cruzando ríos y barro. Y esas mujeres amenazantes “sin corpiño y sin calzón, somos todas de”. Es de mañana y se va dando vueltas mirando hacia arriba los edificios, parece otro país dicen que francia y esa es la casa rosada mirá la catedral y el cabildo como en los libros de la escuela y esos cafes deben ser de los bacanes y mira allá dónde está el obelisco eso que baja es el subterráneo ni loco me meto en ese agujero mira allá… Mirá allá.

Están acá, por todos lados. Con sus delegados a la cabeza, con sus dirigentes aunque no todos. Y están los otros que vienen de las barriadas. Los humildes, esa nueva categoría sociológica tan imprecisa. Saben muy bien lo que quieren señor, no son las masas “disponibles” en espera del líder demagógico (pobre germani y sus gorilas). Hay que escuchar lo que dicen…

“Queremos a Perón”.

Sencillo, a ver ¿qué es lo que no se entiende? Los clinudos dicen que quieren al coronel ese de la Secretaría, el de los aumentos de salario, los convenios de trabajo, las vacaciones pagas, la jubilación, la protección en el trabajo, la seguridad industrial, ese que habla de que sólo se puede admitir el capital si tiene una función social. Entienden muy bien. Y como están cansados, metieron las patas en la fuente. Y allí estarán hasta que se entienda.

“Queremos a Perón”.

Pasará la noche y no se moverán. Entre todos se asombran de ser tantos, de estar donde están. Uno se busca en las fotos también como si pudiera ser posible estar. Estamos todos, aún los que no habíamos nacido. Porque se estaba cocinando en una plaza la representación política de los trabajadores y los humildes, esto estaba pasando. La de mis tías obreras del vidrio, las tías costureras y mi abuela planchadora, aún la de aquellos que no la reconocían. Muy simple, como todo lo extraordinario.

La revolución en Argentina se llamó Justicia Social. Ya era muy de noche cuando ocurrió. Salió al balcón y todos lo veían, estaban al lado de él. Y habló, levantando los brazos. Le quemaron las retinas los rostros morenos de una Argentina sin redención, le inundó los oídos la música más maravillosa que pudo escuchar jamás. El dejó dobladas prolijamente las palmas a las que aspira todo soldado y se desabrochó la camisa.

No nos fuimos nunca más de esa Plaza.