sábado, 6 de noviembre de 2010

ANDATE ...


Fue una de las consignas más cantadas en la cola, en medio de una profunda tristeza que nos calaba los huesos. ¿Por qué? es la pregunta que muchos se deben haber hecho, sobre todo los que jamás hubieran estado en esa cola porque sus referentes no juntarían ese gentío ni muertos ni vivos.

En su brutal personificación del traidor, esa madrugada del "no positivo" Cobos creyó elegir el rol del antagonista. Un acto cobarde que lo proyectaba al podio de las encuestas. Al otro día actuó una huída que se transformó en el viaje iniciático de un posible nuevo liderazgo. El kirchnerismo parecía herido de muerte. Arribado a su tierra mendocina, como un San Martín de cartón a punto de cruzar los Andes, argumentó que los votos obtenidos en las elecciones presidenciales eran para la fórmula, es decir, a él también le cabían los sufragios de la Presidenta.

Se opuso a todo lo que fuera oficialista. Se opuso al proyecto K (que había ganado, sin lugar a ninguna duda, esas mismas elecciones). Por un tiempo, fue la figurita buscada para muchas fotos. Una esperanza blanca.

Y después languideció. Dos muertos lo mataron. Primero, la desaparición del último caudillo radical, llevado al mármol en vida por la Presidente que el vicepresidente desdeñaba. La muerte de Alfonsín trajo a primera división al hijo Ricardo, dejando a Cobos atrás de los que llevaban el cajón. Ricardo, ese que usa los sacos del padre (y le quedan grandes), como él mismo dijo en un sincero ataque de humildad y baja estima.

La otra gran muerte, más pesada, ya sabemos. La Presidenta le sacó al vice ingrato las ganas de fotos canallas recibiendo un féretro, no se le permitió usurpar también las honras fúnebres de alguien que se las había sabido ganar.

El resto es el afecto que no tendrá. Cada vez que la cola se hacía densa, que las horas pasaban, que los pies dolían, que la calle dolía, aparecía Cobos. Se cantaba para darse ánimo. Se denostaba no al antihéroe, sino a ese vicepresidente opositor contrahéroe. Había descendido a lo más bajo. No era solamente el repudio, la exigencia de que por una vez sea decente y renuncie. Era (es) peor, porque Cobos en esos días vehiculizó el coraje que surge del desamparo. Un miedo huérfano que se iba transformando en ánimo, de tanto reconocernos unos a otros en la sintonía del dolor.

Cuando el alma duele, no la cura un simple descanso. Y el alma duele por cosas concretas. Nadie dirá seguramente: "gracias Cobos, fuerza Cobos". Sólo los pocos sinverguenzas que sin duda esa noche festejaron (hay algunos que festejaron puertas adentro, como hacen todos los cobardes y miserables). Pero son demasiado pocos.

Néstor se convertía en Néstornauta, sobrevolaba la plaza, avenida de mayo, diagonal, seguía hasta Córdoba, se metía en la calles secundarias. Néstor desmentía los zócalos de los canales. Tenía esa vitalidad que da el amor del pueblo para los que dejan a la muerte sola y descalza. Cobos era una lástima, no una herida. Ahora es esa mancha venenosa que nadie quiere en las fotos. Los que lo festejaban, lo desconocerán.

Los peronistas -incorregibles y violentos- dejaremos que termine el mandato (eso que no honró con sus actos) y le recordaremos todos los días que tiene que irse, porque no le corresponde estar donde está usurpando nuestros votos y lo de otros tantos (que son kirchneristas y/o, simplemente, gente decente).

Eligió ser la contracara de Néstor, ser todo lo que Néstor no fue ni es. Allá él.
Mientras, seguimos coreando:

...Cobos, la puta que te parió.

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