
Sin embargo hay otros aspectos -más importantes- desde donde ver el tema de la
unidad y tiene que ver con cuestiones estructurales. Mire esto y seguimos
charlando...
“(…) la destrucción del tejido
industrial y la mutación del mundo del trabajo vienen produciendo desde hace ya
un par de décadas una fragmentación del universo popular que, a grandes rasgos,
hoy se divide entre los desocupados, los trabajadores informales y los
trabajadores formales (el “moyanismo social”, cuya emigración primero al
massismo y luego al PRO produjo el quiebre de la coalición kirchnerista –y su
derrota-)…” (…) “estos modos diferentes de inserción laboral generan
posiciones, visiones del mundo y hasta ideologías distintas, que profundizan la
distancia incluso entre quienes viven medianera de por medio: la distancia
entre el trabajador cuya vida, aún con un salario bajo, sigue organizada por el
trabajo, pautada por la semana laboral y protegida por un sindicato, y el que
se ve obligado a rebuscárselas con las changas y los planes. Esto genera a su
vez demandas distintas entre los sobrevivientes de la Argentina salarial que
reclaman por el impuesto a las ganancias y la obra social y los hundidos del
siglo XXI, que piden el socorro del Estado.”
Se dijo en otro posteo hace un
tiempo, pero lo repito: en los 2000 uno veía desfilar por Av de Mayo hacia la
Plaza contingentes de lo que histórica y
estructuralmente era la base social del peronismo. Trabajadores convertidos por
la magia (mafia) del mercado en ex trabajadores. Marchaban con banderas
propias, trapos desteñidos con barrios atrás, pibes, pibas que no salían del anonimato. Y que no debían salir
porque en la Argentina decadente de los liberales, hay sobrantes sociales y no
"ejército de reserva" para regular el salario y aumentar la tasa de
ganancia empresarial. A la fragmentación del mundo del trabajo se le adosaron
dosis insoportables de marginalidad y pobreza (que no son sinónimos). La brecha
se agrandó como para no cerrarse nunca más. Y entonces si hablamos de fractura
social, ahora entre trabajadores formales y trabajadores informales, más los ex
trabajadores. Nos quieren vender una “grieta” con sectores de la mal llamada
clase media, cuando lo que subyace es un quiebre mucho mayor.
El peronismo original (ese que
comandó Perón en persona) organizó la vida social en base al trabajo y los
sindicatos. Ya estaban allí las patronales, y sin embargo, se erigieron nuevas
que provenían de antiguos talleres y fabriquitas más de barrio. La famosa
“burguesía nacional” que el peronismo creyó encontrar finalmente (encontrar,
crear, serían solo matices semiológicos). El mundo del trabajo se completaba
con sindicatos fuertes en organización, afiliados y también recursos para
brindar estabilidad laboral, garantizar el incremento del poder adquisitivo de
los salarios (que funcionaba como engranaje necesario de la ampliación del
mercado interno), y también salud en clínicas propias, vacaciones en complejos
turísticos manejados por los gremios, obras sociales. Sindicatos de
organización compleja, verticales en la cúpula y horizontales en las
organizaciones de base, así se planteó el modelo sindical del peronismo. Lo que
quedaba afuera, la sociedad descarnada de los sin oportunidades, los humildes
al decir de la presidenta de la Fundación de Ayuda Social (Eva Perón), se
atendía por esa vía. Terminado el período de gloria, los sucesivos golpes de
Estado y pasajeras democracias tuteladas, el esquema sindical siguió intacto y
el Estado asumió parte del trabajo que llevara la Fundación Eva Perón, pero mal
y sin querer.
Lo que explotó luego de la
Dictadura Cívico-Militar (1976-1983) fue el esquema general, la Comunidad se
desorganizó finalmente y emergieron las islas del neoliberalismo.
Flexibilización laboral, las poli funciones y posiciones en la organización
productiva, las empresas que a la especulación financiera le agregaron valor, y
también mano de obra sobrante. Pero sobrante para siempre. No se ha podido
recomponer el esquema original, como tampoco ensayar la superación del tema una
vez aceptado que la super informalidad laboral venía para quedarse.
No obstante: “(…) Durante su
larga década en el poder, el kirchnerismo logró suturar esta herida abierta en
el campo popular mediante la acción enérgica del Estado y el talento de su
liderazgo. Sucedida la derrota, la fractura reemerge, más ardiente que nunca.
Por eso el proceso de recuperación del peronismo, si finalmente se produce,
debe contemplar la realidad de este universo social astillado…”
Así es el costado social de la
unidad. Somos una sociedad partida, vulnerada, maltratada a control remoto y a
la vez por sus propios dueños (ahora
elevados a la categoría de gobierno constitucional, de acuerdo a las normas de
un Estado de derecho). Hay que atender a estas cosas primero en lugar de
discutir alegremente sobre dirigentes. Porque ¿qué pasa con los no dirigidos?,
los afueradetodo. Las diferencias con los incluídos no pueden ser más
elocuentes. Mire, en la marcha famosa ya de febrero (la de Camioneros y otros
gremios y organizaciones sociales, la que tuvo a Moyano como orador principal) esto se hizo visual. Los
sindicalizados estaban bien vestidos en su estilo, alimentados, organizados
institucionalmente, y los otros no. Con la caída en picada de los estándares de
vida ocasionado por el saqueo del “cambio”, se nota más que nunca.
Los que discuten paritarias (a
través de sus organizaciones y con sus dirigentes, buenos o malos) son todavía mayoría
en la Población Económicamente Activa, cosas de la Argentina peronista. Un casi
40% -que es muchísimo- queda a la intemperie. Si usté junta a los que laburan
en blanco pero no están bajo Convenio, o no pueden (quieran o no)
sindicalizarse, con los que no tienen trabajo formal, y los que viven de changas y/o completan con
algún plan estatal, bueno, allí tiene la fractura social verdadera.
Todo esto actúa sobre la política y también la parte.
Solamente con una conciencia real del
desastre, se puede comenzar a entender lo imprescindible de la unidad y dejar
esos maravillosos escrúpulos (y tantos principios) para el ágora ateniense que,
entre nosotros, era esclavista. Parecido a lo que hablábamos, al menos en la
metáfora.
La "grieta" que nos
venden no dejan de ser deshilachadas discusiones de panzasllenas (entre los que
me incluyo). Sin propósito de banalizar el debate político (o lo que sea eso)
es necesario mirar más allá si se quiere hacer un análisis que no solo intente interpretar
la realidad, sino que pueda proyectarse al futuro.
Algo así, ¿no?...
Las citas son de “Todos unidos volveremos” por José Natanson; Le Monde Diplomatique;
edición 225; marzo 2018; págs.. 2 y 3.
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