lunes, 7 de noviembre de 2016

A SAN CAYETANO



El plan era que los trabajadores se concentraran a las 9 de la mañana del sábado 7 de noviembre de 1981 frente al estadio Vélez Sarsfield, para marchar las siete cuadras que lo separaban del templo de San Cayetano. La policía ordenaría a las personas que acudieran en filas por las avenidas J.B. Justo o Reservistas Argentinos, por separado de la que harían los fieles habituales. A las 11 y por pedido de la CGT se oficiaría una misa en el gran patio de la Iglesia.


La verdad es que el movimiento obrero –organizado institucionalmente o no- luchó desde las primeras horas del golpe de estado de marzo de 1976. La historia barata que distribuye opiniones en lugar de hechos, operaciones en lugar de análisis, ha intentado siempre invisibilizar este hecho incontrovertible y, aún más, que fueron el movimiento obrero y el movimiento por los derechos humanos los que terminaron con la dictadura cívico militar más sanguinaria y entreguista de la historia argentina. No fue el coronel Jeremy Moore –comandante de las fuerzas inglesas en Malvinas- el que alumbró la democracia.


Recién a finales de 1980 se había podido reconstruir la CGT, y era una parte del movimiento obrero porque había otros dirigentes que arrinconaban a sus gremios en un armado rayano en la colaboración con el régimen de facto (eran los “prudentes” de la Confederación Nacional del Trabajo que lideraba Jorge Triaca). Una trabajosa conjunción de dirigentes enrolados en los “25” –ala “combativa” que enfrentaba a la Dictadura- y las “62 Organizaciones” comandadas por un recién liberado Lorenzo Miguel, recuperaron la sigla mítica con el activo de más de ochenta gremios y en condiciones de clandestinidad. Era una central obrera pobre, sin fondos ni recursos, más que el brindado por las agrupaciones sindicales fundamentalmente peronistas; hasta en edificio en el que funcionaban en Brasil al 1400 (de allí el nombre) era prestado. Y además, estaban permanentemente vigilados por un régimen que no los prohibía lisa y llanamente porque no podían agregar otro escándalo internacional y encima en la OIT.


Venían de un paro exitoso que había marcado la dirección en el enfrentamiento abierto con la Dictadura, ahora había que profundizar el carácter de la movilización, aunque limitado aún a los cuadros orgánicos y las agrupaciones. Sabían que no podían hacerle frente a una represión abierta ni tampoco resguardar a los compañeros si eso ocurría. El movimiento obrero había recibido golpes demoledores con el secuestro y la desaparición, la tortura y el asesinato, la proscripción de dirigentes, una ilegítima e ilegal legislación laboral profundamente reaccionaria, y la contracción económica que profundizaba la dependencia a la par que reducía puestos laborales. 


Era muy importante ganar la calle. Así lo entendió también el gobierno… Temprano, el general Juan B. Sasiaiñ –jefe de la Policía Federal- hizo dos cuadras a pie por Reservistas Argentinos mientras daba instrucciones a los efectivos de un operativo desproporcionado que buscaba asustar y ocupar el espacio en disputa. Ya en la misa cayó el general Horacio T. Liendo –ministro de Trabajo- a hacer acto de presencia e intimidación. 


A las 9,50 hizo su entrada la columna principal encabezada por Saúl Ubaldini –secretario general de la CGT- acompañado por todo el Secretariado. El patio de San Cayetano, con capacidad para unas seis mil personas, estaba absolutamente desbordado. La mayoría de los participantes lucía con orgullo en la solapa una oblea de papel con la escarapela y la inscripción “Paz, pan y trabajo-CGT”. La cifra de los concurrentes oscila según las fuentes entre los cinco y diez mil. La realidad se ubicó un poco más allá de este último número.


Como lucía la escarapela, la marcha a San Cayetano se convocó por “Paz, pan y trabajo”, a lo que los manifestantes agregaron “la dictadura abajo” y corearon repetidas veces y con fervor el “se va a acabar, se va acabar, la dictadura militar”. Hacia el final y ya cuando la desconcentración estaba en marcha, pintó la represión como para que no quedara así la cosa, la última palabra en boca de los trabajadores.



Fue la primera convocatoria dirigida a todo el movimiento obrero a movilizarse por las calles en abierto desafía a la Dictadura, y la primera convocada por una central obrera desde las jornadas de 1975. Habían existido otras (y muchas) pero las habían protagonizado gremios en soledad y por reivindicaciones más particulares.


Esta marcha fue flanqueda por un sector importante de la Iglesia Católica. No se había convocado en lo formal a una marcha sindical o política, sino a una celebración religiosa relacionada con el patrono del Trabajo, haciendo incapié en la desocupación que preocupaba a todos los trabajadores.


La cifra de la concurrencia también es elocuente. Se trataba en su mayoría de trabajadores militantes de agrupaciones sindicales, políticas, y/o parte de los sindicatos desde el delegado de base acompañado por sus compañeros más activos, hasta dirigentes sindicales de primer orden. Además, esta CGT peronista supo ser convocante de muchísima militancia sindical, aún la no identificada con el peronismo. Sumemos a esto que la marcha se hizo un día sábado y lejos del centro de la ciudad. El movimiento repercutió en todo el país, con movilizaciones y concentraciones similares, en una clara demostración que la idea de reorganizar las Regionales de CGT era un camino acertado.


Con tantas idas y vueltas, división más división menos, poco queda de aquella CGT Brasil que fue organización madre y educadora de generaciones de militantes sindicales. Quizás hasta no se sepa muy bien quién era Saúl Ubaldini, salvo para recordar los paros contra Alfonsión. 


Así como los anarquistas inmigrantes, los muchos organizadores sindicales de asociaciones de resistencia obrera, y toda la enorme historia que vino después y aún después con el peronismo, la CGT Brasil y la marcha a San Cayetano tienen un lugar en la historia heroica del movimiento obrero.


Y en el corazón de uno, con la escarapela de papel que aún llevamos puesta.



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