martes, 17 de marzo de 2015

SE DOBLÓ



“Que se quiebre, pero que no se doble”, escribía Leandro N. Alem antes de pegarse un tiro en el carruaje que lo llevaba al Club del Progreso, en esa noche fatal del 1° de julio de 1896. La Unión Cívica Radical se conformaría a la sombra de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente argentino tachado de “populista” que hacía esperar a sus ministros para atender a la chusma orillera.

  “Somos una Argentina colonial: queremos ser una Argentina libre”, decían los jóvenes de FORJA en 1935 cuando tomaban un camino propio que los alejaba del partido y los arrimaba como protagonistas indispensables del movimiento nacional que años después fue el peronismo. 

Existió también una “Declaración de Avellaneda” en 1945 en la que se sentaron las bases de la intransigencia levantando un programa de desarrollo nacional y autónomo. Todo al margen de las estructuras partidarias, que iban a ir para otro lado.

Cosas de la política y la historia. La cuestión es que el partido radical supo orientar gran parte de la vida nacional cuando fue esa Causa que se oponía al Régimen. El Régimen no era otro que la República Conservadora de la generación del Ochenta, el roquismo, la corrupción de un Estado diseñado para crecer hacia afuera y para los de afuera que dio cabida a la “década infame”. 

Tuvo blasones la UCR. También fue la inventora del gorilismo, o su más conspicua placenta. Los enemigos del país, los de adentro, supieron sembrar la división y el odio hacia lo popular, institucionalizarlo. Podría haber sido diferente, pero no lo fue. 

Hoy tampoco. Sin hacer traslaciones mecánicas, la UCR como partido institucional ha vuelto a optar por el Régimen. La derecha política tardó décadas en recuperarse y poder dar una respuesta “dentro” del régimen democrático. Descuartizado el Partido Autonomista Nacional, pudo sacar la cabeza tímidamente con la Nueva Fuerza y luego con la Unión del Centro Democrático. Pero eran agrupaciones débiles, aunque ideológicamente productivas. El PRO es la concreción de aquella esperanza blanca que nunca podía cristalizar. Pocos hubieran podido prever que iba a ser justamente el partido de los ideales republicanos más que centenario, el que le diera el andamiaje nacional que andaba necesitando para poder disputar seriamente la conducción del Estado. Pero así es. 

El radicalismo de Alfonsín se reivindicaba socialdemócrata. Fue el último intento en ese sentido. Como todos sabemos, llegó el 2001 y las definiciones quedaron en el aire mientras el helicóptero en el que huía De la Rúa despegaba de la terraza de la Casa Rosada. Los radicales nunca se recuperaron de eso; aunque aún los números le den para ser en lo concreto la segunda fuerza nacional.

De Alfonsín quedan sus ideas, también sus hechos contradictorios (como los tuvo Yrigoyen), sus claroscuros. Pero aquí en la tierra sólo quedó el saco grande que calza Ricardito que habla parecido, repite gestos, pero no atina a conjugar palabras con ideas. El drama primero, luego la farsa.

Daría para enrostrar la vergüenza tal vez, refugiarse en aquellos blasones y acusar a los mediocres y oportunistas. Pero para eso habría que ser radical y sentirse profundamente ofendido con los mercaderes del templo. No sobreactuemos nosotros y menos con la desgracia ajena.

Mi viejo era radical. Al pie del cajón sus hijos pusimos un gran ramo de crisantemos rojos y blancos; habían pasado dieciocho días del 10 de diciembre de 1983. Era su gobierno, no el mío. Fue respeto, no adhesión. También algo de admiración, porque después de todo el viejo siempre discutió conmigo de política y discutíamos fuerte. Pero era el tema que nos separaba, sin distanciarnos. Recuerdo en el ’72 cuando me dijo: “solo a un salame como vos se le puede ocurrir que Perón es socialista”.  Esto que hicieron sus correligionarios, le hubiera traído angustia y dolor. Por eso no puedo burlarme.

Poniendo en limpio un poco… El Radicalismo nació como un partido liberal en el mejor sentido de la palabra y ese es un sentido histórico, porque no creo que haya un buen sentido en la palabra “liberal”. Liberalismo político pero también económico, mal que les pese a todos los que intentaron hacerlo nacional y popular. No es extraño ni tan claro que no tenga ideológicamente nada que ver con el liberalismo del PRO. Y no es por la historia reciente, esa que escribe el bruto de Sanz recordando que de diez votaciones en el Congreso, en nueve coincidieron con el PRO. Venían barranca abajo, en una caída libre sin atenuantes, no podía ser otro el resultado.

Me tocó ver a algunos radicales, militantes orgánicos de la Ciudad Autónoma de BA, mimetizarse en las listas del naciente PRO, haciendo guiños a la derecha como quién engaña para preservarse. Pero no eran guiños, era la verdad. Vi a miserables colgándose de listas, obteniendo bancas, manteniendo privilegios ante la marejada, cambiándose la camiseta mientras decían “pero yo sigo siendo radical”. Esa cosa como que la “política” tiene que seguir, que hay que colgarse de algún lado. Y la sigla ya no daba. Recuerdo una triste despedida del nombre del “bloque UCR” en la Legislatura porteña, cuando el último legislador por el espacio dejó su banca. 

Se dobló, pero fue hace mucho. No se rompe, porque son muchos los que tienen que comer aún del animal caído y muerto. Carroñeros.

Imagino que muchos viejos boinablanca se andarán conformando con que, de alguna manera, esto sirve para ir en contra el enemigo de toda la vida que no es el Régimen, sino el Peronismo. Porque muchos radicales no son tan miopes como algunos peronistas y se dan cuenta de que el kirchnerismo es sincera y redondamente, peronismo. Y se van animando, como cuando uno cuenta un chiste pasadas las doce en un velorio y los de al lado lo festejan. 

Triste, solitario, no final. El Radicalismo no se acaba por esto, es imposible saber adónde lo llevará la crisis de partidos que se abrió en la Argentina. El peronismo lo sobrelleva mejor porque tiene más garra, más aguante, más ideas, más conducción, mas todo, y porque va al poder como chancho a los choclos. 

En todo el drama, aparece la capitulación final del alfonsinismo, al menos de sus otrora primeras espadas. Eso es vergonzoso. Quedó en soledad y marginal, la palabra de Moreau, ese viejo adversario que ahora es un amigo. Bien por él y por los que lo escuchen y lo sigan; si hay recuperación posible es por ese camino. 

Lo hecho, hecho está. Habrá consecuencias en el tiempo, han abierto la caja de Pandora y no saben lo que tiene adentro. Son unos irresponsables, aparte de gorilas e inútiles.

No todos los radicales. Nunca son todos, ni todo el tiempo.

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