miércoles, 17 de abril de 2013

LA LIMONERA (heróica)



Rosiris Reyes, peluquera, evangelista, chavista, es la octava víctima. Ella y José Luis Ponce son los dos mártires que da la urbanización La Limonera a la revolución bolivariana. Se suman a otros seis. La revolución no los pidió. Hay que saber sus nombres, repetirlos. La Limonera queda en un municipio pobre del estado de Miranda, ese mismo en el que ganó por escasísimo margen el candidato opositor a la presidencia.
Ambos murieron defendiendo un Centro de Diagnóstico Integral.

Tras la derrota electoral, bandas de derecha se lanzaron al ataque furioso contra estos Centros, contra los médicos cubanos en misión solidaria, contra los partidarios de Chávez.

Perdieron las elecciones que les aseguraban ganada. El fraude no salió, porque eran ellos los del fraude informático. Era el momento de dar el zarpazo en una Venezuela sin Chávez. En esa Venezuela que está partida.

La derecha es asesina, en Venezuela, en Bolivia, en cada uno de nuestros países. Tras cada planteo “liberal” hay un fascista con el arma solapada. Es la historia de nuestra América colonizada, poblada de héroes sin nombre y malinches desvergonzadas.
Capriles es un asesino. Sus dichos, sus provocaciones. Su cobardía tan victoriana, sus ojos de odio bajo una maraña de palabras altisonantes. Conocemos a los Capriles. Tienen mil nombres.

Cuidado, no estamos a salvo. Cuidado, son de cuidado. Acá también.
La derecha defiende la libertad para ocultar las cadenas.

Cuántas vidas cuesta cada paso p’alante, demasiadas, una sería el colmo. Pero pasa y pasará. Tristeza. Confianza.

Algo tenemos algunos y es la confianza en el pueblo. Por más errores, desprolijidades, esas cosas que se nos achaca (acá, allá, en todos lados), el camino es el correcto y miramos el camino y adónde vamos. No nos paramos a mirar los zapatos de los caminantes. Allá los puntillosos de las formas, los criticones compulsivos para que nada cambie… esos que quisieran seguir protestando toda la vida, un modo de vida.

Todos tenemos opiniones, y nadie le da permiso al otro para expresarlas. Pero el límite es la vida. Ahí no hay tranza. Los asesinos son asesinos y matan por odio al pueblo. Uno no olvidará nunca lo que siempre supo.

Venceremos.

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