viernes, 18 de octubre de 2013

LEALES





Hoy se cumple un nuevo aniversario de la huelga general declarada por la CGT para el 18 de octubre de 1945. Y es así, sin chicana. ¿O a usté no se le escapó nunca la tortuga? Y tampoco tanto, porque algunos de esos sindicalistas sabían muy bien lo que hacían, y tenían una clara percepción de los tiempos. 


Sabían, por ejemplo, que el 16 –cuando tenía lugar la crucial reunión de la dirección de la central obrera- en muchos lugares de trabajo se venía parando de hecho, que en otros pagos la movilización iba y venía esperando una señal tan sólo (esa que ellos les iban a dar). Sabían que la cosa no daba para más. 


¿Sabe cuál era la discusión? Tenía que ver con que si la central de los trabajadores argentinos podía salir a pelear por la libertad de un coronel (por mejor conceptuado que se lo tuviera por su accionar a favor de conquistas históricas del movimiento obrero) o, si había que atenerse a los principios. Y uno de ellos sobre todo, el que hacía una religión de la independencia de la organización obrera de las patronales y el Estado. 


Los que ganaron la votación (por cinco o seis votos, de un total que hoy parecería ridículo, porque así de chico era el movimiento obrero organizado) argumentaban que el Coronel representaba las conquistas ganadas (al fin y después de tanto) y que si permitían su caída, signaban la suerte de esas conquistas. La venganza de la patronal ya se comenzaba a sentir. 


Además, se autocondenaban. Porque las bases laburantes iban a salir igual y les iban a pasar por encima. 


Tenían razón en ambas cosas. Pero ganaron la votación. La gente ya había comenzado a salir, a subirse a esos camiones en blanco y negro, a correr por las calles de las barriadas con los brazos en alto. Habían comenzado a entrar a la Capital como en una invasión de ensueño. Sonriendo de verse. Como un encuentro demorado tanto tiempo. Saludarse de vereda a vereda porque ya se conocían, desde aquella primera vez que se estaban viendo todos juntos. 


Queremos a Perón.


Hacía casi dos años que algunos se daban cuenta de que eran peronistas, porque el peronismo todavía no existía. Y entonces… 


La historia de la lealtad se mezcla con la otra historia de su media hermana, la traición. Parece ser que no hay una sin la otra. O no, o es un verso que inventan los traidores.


El peronismo tiene las dos historias y tan a flor de piel que da muchas veces pasto a los que malquieren para que se ceben mal. Y es tan linda la gente que da pena el odio. Porque los traidores son la mejor escusa de la cobardía de los que nunca se ven manchados. 


El peronismo tiene la tradición del buen ladrón que se le confiesa a Jesús –cuando se estaba muriendo- y le confiesa su fe y su amor. El Cristo se lo lleva al cielo, porque como se dice que se ven malos que se vuelven buenos (y es terriblemente difícil que un tonto se vuelva inteligente). Y así, el peronismo perdona y salva. 


A no confundirse, que no todo da lo mismo y hay una larga historia para el que quiera andar viendo. Los leales no andan pregonando su lealtad, la viven. Y está. Declaman los otros, y me viene esa desconfianza que descubrí en algunos ojos muy percudidos por la traición que llevaba los nombres de la lealtad. Hay algunos perros que parecen malos, pero es que les pegaron mucho. No son temas fáciles. 


Conocí a un peronista del 45 que decía –sobre todo en sobremesas de domingo- que los primeros zapatos de cuero y cordones los había calzado gracias a Perón, y la primera ida al cine, y la luna de miel en un hotel de lujo. Un rosario de las mismas anécdotas que uno no se cansaba de escuchar. Y también que –eran tiempos de Menem- mejor sería sacar el cajón de Perón y ponerlo en el balcón y que gobierne, que lo iba a hacer mejor. 


También decía que el peronista era un fanático, se le inyectaban los ojos y crispaba las manos grandes. Le asomaba una lágrima impertinente y nombraba a Eva. Cosas de viejo, como cuando salía con los nietos y les compraba de todo –de todo eso que no tuvo- y los mal(bien)criaba. Así era el abuelo de mis hijos. 


También supe de un militar que hizo honor a su nombre. Iba y venía llevando y trayendo nieve, y en un momento dijo que no y se plantó con su uniforme y sus generales de verdad (don José y don Manuel). El general Leal, a quien pude agradecer cuando lo reconocí en el tren del Mitre por haber guardado algo de mis soldaditos que desfilaban mi niñez, en medio de tanto frío. 


Siempre hay que ser agradecido y más cuando uno (y no sólo uno) encontró a su familia después de tantos tumbos, que era cierto eso que decía una vieja peronista sobre los que no sabíamos que éramos peronistas. Ovejas perdidas, peronistas encontrados. Buena historia.


Y ahora esta que se está escribiendo. Porque ya no habrá que hacer hacer memoria para irse al peronismo de Perón, a mediados de los cuarenta y los gestos de Evita. Que también, pero por suerte quedó más cerca y los pendejos que nos abrumaban en la plaza de este 17 no se olvidarán, ni los mandarán a su casa, ni les dirán que se callen. Hay descendencia asegurada. Debe ser el viento de cola, de la cola de un vestido que Paco le hizo a Eva para que recibiera a los grasitas. 


Y quién sabe adónde llevarán al peronismo estos pibes. Su peronismo. 


En realidad, la historia del 17 es muy simple, nada más querían a Perón (y lo seguimos queriendo).

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