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martes, 9 de enero de 2018

CON UN RESPETO REVERENCIAL

La “buena educación” hablaba de buenas maneras, poco de educación; algo así como un manual de comportamiento (ya se le quitaba el precedente “buen”, entendiendo que sólo hay una manera de comportarse). Entonces, al lavarse las manos antes de las comidas, al aseo personal y el decoro, al saludo sobre todo a los mayores, a la saludable preferencia por el silencio y la economía de palabras (pensamientos, por ende), se le fue agregando un respeto reverencial por la autoridad y lo consagrado (nunca mejor dicho) como lo "normal" y deseado.

De estas cuestiones tan simples y complejas a la vez, vea usté, depende el Orden (con mayúscula). Como cualquiera puede intuir, sin orden no están dadas las condiciones para una vida civilizada. Cada uno haría lo que quisiera, lo que sus impulsos (o sus deseos, si se le quiere poner alguna intencionalidad al destino) le dictasen y a no dudar que terminaríamos matándonos por las calles.

Como se verá ya a la altura de este tercer párrafo, esto trata de una serie de banalidades que sólo le importan al Poder, que es el poder sobre los que no tienen poder. Los que pueden han puesto las normas, sencillamente porque podían. Es de zurdito agregar que lo hacen para garantizar su propio privilegio a “poder”… Y bien. Por contrapartida, todo discurso que cuestione, tergiverse, contraríe a esta clase de relato, será desechado y deslegitimado hasta la humillación. Lo que, desde ya, no convierte en maravilloso todo aquello que se oponga a lo establecido por el sólo hecho de que se opone. Maravilloso no, ... tentador seguro.

En definitiva, se trata de que cada uno ocupe su lugar. Sin pensar y más, con la tranquilidad que da el sentido común de que es así. Uno apenas puede imaginar lo perturbador que habrá sido la irrupción de humanoides femeninos aullando “sin corpiño y sin calzón, somos todas de Perón”, o una artista encumbrada a primera dama recomendando a las sirvientas que luego de pedir permiso para ir a la reunión del sindicato en varias oportunidades sin resultado, sacaran de la heladera una botella de champagne y se la partieran en la cabeza a los patrones, y vayan nomás. La osadía, la indolencia (cuando no, transformada en insolencia), lo altanero del subordinado, son todas cuestiones que hieren sentimientos profundamente inoculados. El peronismo ha sido como un peine que despeina, pasado a contrapelo. Irrita, violenta, incomoda.

Imagine… valores como el Campo, con su cuerno de la abundancia lleno de hortalizas, las vacas pastando y un mar de trigo dorado haciendo de guarda; el noble chacarero curtido al sol sobre el surco y un tractor más acá del horizonte. Es un derroche de imágenes que remiten al trabajo verdadero, a la esencia de la patria. Los lugares comunes pastorales nos embocan en un supuesto pasado perfecto, sin distinciones sociales, ni pujas distributivas, en el que poniendo el hombro se soluciona todo. Así revoloteaban sobre el imaginario del fulano citadino espantado ante la 125, cuya aproximación máxima al campo era la maceta del balcón… y la cultura.

Imagine más... esa idea machacada y tan natural de la familia como célula primordial y base de la sociedad. Mi familia y yo, mi familia extensa (amigos) y yo, y el resto en un difícil equilibrio amenazante. Porque el afuera es una incógnita y un peligro. Afuera están los motochorros, los que vaya a saber de qué viven, los negros, y blábláblá. Y el peronismo nuevamente, con que “nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”, que la “comunidad organizada”, y para colmo, en la alborada del siglo XXI eso de que “la patria es el otro”. Mi dios.

Gritar es feo, protestar peor aún, marchar por la calle es tremendo, hacer huelga, afiliarse a un sindicato (con dirigentes chorros y mafiosos), arengar al compañero. Son actitudes que llevan a la violencia verbal y de allí, violencia de sacados irrumpiendo en el pulcro espacio público. Había que enrejar.

El peronismo no pretendió ser una contracultura, pero ese fue el resultado. Porque ha sido este movimiento (nacional y popular) el que se erigió como un muro de contención contra la moral burguesa. Fíjese. No ha sido el respetable pensamiento de izquierda que tiene su lugar en la minoría, porque ya se sabe que siempre hay disconformes. El peronismo transformó la disconformidad en una cuestión de masas. Y -vuelva a fijarse- por más traiciones y berretadas que arrastre en su historia, sigue convocando el susto de los buenos, los bien parecidos, los bien pensantes, la gente como la gente. Siempre se puede esperar cualquier cosa del peronismo, como de un animal que no es doméstico por más que viva en casa. Guarda, a no descuidarse, es en esencia "revolucionario" (o no serás nada).

La contracara del problema está en una parte de la "gente", que a veces (como en estos tiempos) se manifiesta abiertamente por la cultura hegemónica (y por el poder hegemónico de la burguesía en este país de capitalistas atrasados y bandoleros). Para estos conciudadanos, la autoridad está dada por la prosapia de la posesión, los que tienen son los que tenían que tener. No importa cómo llegaron, están allí y por algo será. Les resultan más confiables aunque terminen siempre por esquilmarlos. Y será porque de esta manera el universo sigue fluyendo sin mucho sobresalto.

La pregunta "¿y por qué?" es patrimonio de los niños y niñas de tres años y de los que no terminan de acomodarse y aceptar su destino de subordinados. Para el resto quedan las delicias de vivir previsiblemente, "mal pero acostumbráu" como decía Inodoro Pereyra. Ahora, ¿les resulta? La verdad es que no, porque cada tanto -algunos hablan de ciclos como quién invoca fórmulas consagradas por magia o la desgracia- el país social se pudre. A los saqueadores se les va la mano y se desmadra, hasta que llega un equipo de fulanos (el peronismo también en esto es pródigo) que enderezan la crisis y estabilizan, se recrea el círculo virtuoso de la economía y ... nuevamente el país está a punto de caramelo para retomar la costumbre del saqueo.

En democracia se puede ganar una elección, pero no se puede hacer una revolución. Nada dura al parecer, como un perverso sinfín... Y ahí también reaparece la idea peronista de torcer el destino, intentarlo una y otra vez. Por suerte está la izquierda para apuntar que es un trabajo al pedo, que no se puede reformar el capitalismo y hacerlo humano. Y bué.

Muchos que no son peronistas -pero si peronistas dependientes- ven este problema en que el peronismo tiene por vocación desunirse y personalizarse. Y ven también, a veces con honesta preocupación, que a la vez existe una tendencia muy fuerte a juntarse. Y ven la bolsa de gatos, que se justan justos y pecadores en un borrón y cuenta nuevo infinito. En lo descriptivo no les falta razón, suelen fracasar en lo comprensivo de los profundos procesos político sociales que no se solucionan inequívocamente en el momento en que uno lo desea. ¿Habría que pedirles paciencia? Tal vez sí, pero no tienen por qué tenerla. Estaría bueno que se organizaran -sin dividirse...- y plantaran alternativas en el campo popular cuando el peronismo emerge con su potencia y se hace nuevamente dirigente del proceso político.

Para terminársela por ahora, una última cosita. Batallas económicas y políticas hay y habrá como pinceladas de la coyuntura y los famosos "ciclos", pero las batallas culturales perduran con una solidez descomunal. La creencia en la licitud de lo dado, que es lo que sostiene el poder hegemónico de esta burguesía gerenciadora y horrorosamente hipócrita, es el tema de los temas si uno pretende cambiar algo de en  serio.

El poder de Drácula reside en que nadie cree que exista... con la "clase dirigente" pasa algo similar.  Es simplemente un relato con historia y con muchísima plata detrás. Y cómplices, y muchos pero muchos extras.

De allí que el asunto de los traidores y las agachadas en el campo popular no puede ser el tema central, por más impotencia y angustia que traigan estos tiempos berretas. Armar mayorías, plantear un proyecto de pocos pero vitales puntos (que todos conocemos) que congreguen. Ese es un tema. ¿O no?

Y el cierre...  mire usté que la cabeza de la gente -no la de todos, pero sí de muchos- está llena de basura liberal, de patogenia conservadora, de tanto verso patriótico para un país que se les hace ajeno y poquita cosa. Entonces la herejía peronista se planta y plantea, sin haberlo tratarlo en varios congresos, que la Patria sea grande y el Pueblo feliz.


Y cada tanto, cumple. Como Perón.

domingo, 8 de octubre de 2017

PERON (qué grande...)

Era un general, no, era un coronel. Y la verdá es que el milicaje caía simpático a los oligarcas, al pueblo no, así que imagine... El pueblo era una cosa desconocida (salvo para el pueblo), la gente de bien no tenía idea. Veían sirvientas, vendedores ambulantes, a los de la feria, obreros que volvían de la fábrica (porque cuando iban era tremendamente temprano y estaba oscuro). Y no los veían mucho porque eran oscuros. El pueblo estaba en sepia y la gente era a color, algo así.

Pero volviendo a los militares. Tenían prosapia, tenían monumentos y mil guerras en su haber, por ejemplo… la de la Triple Alianza cuando se hizo bosta al Paraguay; la de la campaña al Desierto cuando se agregaron tierras riquísimas al patrimonio nacional porque en un desierto no hay nada ni nadie (y de paso se acabó con el malón, ¿vió?); y también la guerra de… bueno no es una guerra, es el orden necesario para tratar la cuestión “social”, la cuestión “obrera” que además le dicen. Vienen a ser varias masacres, si uno le pone la oreja a los disconformes de siempre. Una parte de la población criolla siempre tuvo un secreto amor y devoción por los uniformes, y la otra parte los sufrió.

Y bien militar, así, de chiquito. Criado en cuarteles que fueron familia, amigos, sociedad. Fueron todos juntos al desfile del 6 de setiembre de 1930, que era en realidad un golpe de Estado. Jugaba fuerte la época. El capitalismo se tambaleaba cada tanto, el comunismo se hacía continente, las potencias y sus repartos territoriales, sus fábricas, sus mercados, sus leyes. Nosotros y en nosotros, un grupete de milicos que ponía mala cara. No les gustaba cómo iba la cosa. Que se haga fraude “patriótico”, que la oligarquía no tenga la menor decencia, patriotismo, ni cabeza. Que todo se pueda ir al mismísimo carajo si estallaba otra gran guerra. Qué Argentina era un país débil. Injusto y débil. Que ya no se podía confiar en todos los camaradas de armas.

Un quiebre en las fuerzas armadas, ideológico, doctrinario, vivencial. Decisivo. Pero con eso, ¿qué hacemos? Faltaba que uno se asomara por la balaustrada del Círculo Militar, que saliera al aire y viera lo que pasaba más allá de un cuartel, y de esa bella plaza San Martín. Usté sígame en su cabeza, que no da para hacer toda la historieta, porque quiero hablarle otra vez del pueblo.

Ya le decía, invisible. Nadies, así mirando el montón. Pero, achinando los ojos contra el sol, se van perfilando las cosas. Ve uno, por ejemplo a la clase obrera… Tremendo espectáculo de fulanos (y fulanas, según el rubro) entrando a las fábricas, a multitud de talleres, con vidas a cuestas y a cargo. Muchos, sindicalizados. ¿Sabe lo que costó eso?... mucha vida costó. Ahí estaban los gremios con anarquistas, socialistas, comunistas, con “sindicalistas” (los pragmáticos “sindicalistas revolucionarios”), también con tipos que se metían de puro coraje y no adherían a ninguno pero hablaban con todos. Eso era. Locales sindicales, bibliotecas populares, mitines y asambleas, banderas, carné, periódico, volante, festejos, pic-nics, entierros. Eso era. Hubo un poco de entusiasmo con el Peludo Yrigoyen que los recibía seguido y, a veces, acordaba. Y, a veces, cumplía. Alguno que otro se hizo radical, la mayoría no. Había cosas que lamentar también y ya se sabe, las últimas masacres, la policía brava, los delatores. Y la malaria. Los convenios que no obligaban a los patrones y las leyes que no obligaban a los patrones.

Pueblo también son los desgarrados, los mutilados por la desgracia, los arrojados de vida y placeres, tullidos, madres solteras, los tontos, las viudas. Agregue a todo eso “pobres”, que le da dimensión exacta a la tragedia. Y el Estado con sus hospitalitos, su asistencia corta, su beneficencia. Y la Iglesia con sus rifas, sus campañas, su desprecio sin amor, su mirada severa y su infinita “caridad”. Lo que se dice, estaban “listos”.

Ocurre que los trabajadores y los humildes estuvieron listos, justo cuando ese coronel se asomó y los vio. Fue hacia ellos tranquilo, calculando quizá, quién sabe lo que se mueve en el alma de un cristiano. Pero fue a los que estaban organizados y esperaban. Ya vendría Esa que fue hacia los rotos corriendo y los abrazaría para siempre y tan fuerte para fundirse en ellos y perderse…  Quedarse; pero eso vendría después y es lo más bello de esta historia.

Los organizados vieron al coronel, su uniforme verdeoliva, las insignias, la gorra. No les gustó una mierda. Pero fueron, qué perdían, habían hablado con el diablo y pactado con cada hijo de puta. Pasó que de la “Secretaría” no se fueron más. Ellos saben por qué, y si usté no lo sabe es que tal vez nunca se dio una vuelta por el sindicato.

En un momento, fue el Presidente. Gobernó y gobernó mucho, como dos planes quinquenales, como un país que no existía y de repente comenzó a existir. Para muchos fue el principio de una historia, para otros, una pesadilla que como esa historia, aún perdura. Mire, lo han definido de muchas maneras, pero me gusta sin dudas la del gordo Cooke con eso de la “maldición del país burgués”. “La mugre” y la “rabia”, que son valores negativos empleados como un escudo de virtud, fíjese, y como ese algo que por más que se quiera quitar vuelve, reaparece. Y así fue. Golpe, exilios, fusilamientos, resistencia, prohibición. El odio desatado y su absoluta inconformidad.

Uno estuvo en la primavera setentista sin haber sacado entrada, de puro pendejo que curiosea. Nos tocó un viejo General, el famosos león hervíboro, que volvía y en su larga muerte nos llenó de intemperie. Y bueno.

Así se formó uno, en un país de la mitad de acá y a su sombra. Que después de tantas cosas que han pasado, como que se lo entiende bien, aún en esas cuestiones tácticas que se lleva la vida y te devuelve la práctica. Muchas charlas contra el aire imitándole la voz, tratando de leer un cachito más y poner su dicho justo en el lugar justo. Amar el país convertido en Patria, amar a un pueblo que iba en su rescate y al mismo tiempo lo siguió. Qué mas hace falta.

El tiempo va deshaciendo hasta la organización, es cierto. Pero sepa que hasta ahora no pudo con esos tipos con  las patas en la fuente.

Eso, mi General.




miércoles, 10 de agosto de 2016

oli(GARCAS)



Cuando un dirigente se preocupa solamente por sí mismo, se está transformando en un oligarca; algo así enseñaba Evita, algo así. 

Meritocracia; que ahora todo dependa de “vos”; el hablar en singular dirigiéndose a todos; la supremacía del esfuerzo personal; son todas características de un discurso que se contrapone a ese objetivo de que el pueblo sea feliz -y la patria grande- porque nadie se realiza en una comunidad que no se realiza… Cosas de oligarcas.

Por ahí en tren de confundirse, se piensa que oligarquía es solamente “vacuna”, y por lo tanto cosa del pasado. Ahora decimos “neoliberal”, cuando no “sectores dominantes” y bláblá, en tren de no poner “burguesía” y todo eso que suena a marxismo. En el peronismo, ser oligarca es una actitud, aparte de designar a un grupo privilegiado de privilegiados que detentan el poder. Uno puede volverse oligarca si olvida su pertenencia al pueblo, y eso es mucho más terrible que un manual de materialismo histórico.

Uno dice "la Oligarquía" y te aparece la Rural, los señores de galera, bastón y levita. Uno dice: han vuelto a gobernar los oligarcas, y aparece otra cosa. Aparece esto que nos pasa, porque han vuelto a gobernar los oligarcas, de la mano malagradecida de una coyuntural y pequeña primera minoría electoral. Bien, que es decir mal. En definitiva, no hay que hacerse tanto barullo con lo que tenemos enfrente. No es tanta gente, ni la mitad del pueblo. Es lo de siempre, desde que a una parte del pueblo se le ocurrió disputar el poder político (imagine lo que va a ser disputar un día el poder detrás del poder…). Han vuelto. 

Los oligarcas tiran la piedra y esconden la mano, venden gato por liebre, compran casi gratis y venden caro, producen plata propia con plata de otros, fugan, omiten, falsean, perjuran, expatrian. Y cuando conviene, blanquean algo. Mucha gente –no toda, ni todo el tiempo- les cree. Los siguen como en feisbuc, poniendo “me gusta” y peor aún, “me gustará” sin saber de qué se trata. Vea, los tienen encandilados, acaramelados, pasados por agua y tiernitos. A punto de caramelo. Y se los van a lastrar, también. Ocurre que los oligarcas son saqueadores, igualito que sus antepasados de dudosa nobleza que buscaban el Dorado y tuvieron que contentarse con mano de obra india y uno que otro monopolio y contrabando. Digo los de estas tierras y no del Perú o México, como digo los capitanes de la industria, la patria contratista y no la nobleza barroca. Oligarcas si, y también chapuceros. 

¿Qué se hace con esta gente?, digo con la oligarquía que gobierna. En principio, se les debe ganar en elecciones. No porque sea eso lo virtuoso, sino porque es el pacto que hemos aceptado todos. Aunque el gobierno se empeñe en bajar todos los días la calidad institucional, unificar los poderes y elitizar las oportunidades. Ya cuando el viento esté a favor (porque todo pasa), habrá que tocar la constitución para afianzar legalmente derechos y un proyecto nacional de país. Pero es cierto también que la democracia es lo que debe ser solamente cuando se da en favor del pueblo. Lo demás es cartón pintado y no sirve (lo de la república con minúscula se lo pueden meter en...).

Oligarca es un ser y corrompe un estar. El peronismo vino a terminar con la oligarquía que vive parasitando la Patria (suena a ese gauchesco peruca de fines de los cuarenta), porque la verdad es que el peronismo vino a desparasitar. Los oligarcas de toda índole lo saben, a veces mejor que muchos peronistas. 

Uno siempre termina preguntándose por los giros infinitos que da esa bala 22 loca que es la conciencia de los que se sienten de clase media, limpitos, meritorios, merecedores. Tanta tirria con el peronismo, que viene a ser el centro del asunto y el origen de la mal llamada "grieta". Aún los que no piensan en el peronismo o en clave política -a esos que "no me interesa la política"- sienten que tienen que sentir bronca con el peronismo. Los hay prejuiciosos y los hay mal bichos. Los primeros tienen remedio o tratamiento posible, los otros dan que pensar. Son los que necesitan sentirse más, a condición de que haya al lado uno que sea menos. Y necesitan votar a un gobierno que ponga las cosas socialmente en su lugar de acuerdo a la desigualdad. Ese gobierno tiene que ser de derecha. Ese fulano es un oligarca, lleva el veneno en el alma y puede ser cualquier vecino o vecina que se amuralla tras las rejas en los barrios buscando negros chorros en un triste imaginario sin imaginación. Y no ve ni por casualidad a los rubios chorros.

¿Quiere decir uno que todos los votantes del actual gobierno son oligarcas? No papi, no entendiste nada, se trata de describir y pensar, no de insultar a la gente. Demos una vuelta más a ver si se entiende.

A uno le gustaría que hubiera un montón de proyectos de país, de modelos. Pero hay dos probados en la realidad una y otra vez (más veces de un lado que del otro, si me explico). Por un lado esta cosa del populismo como le dicen bajando el precio, que hace base en la producción. Industrializar, reindustrializar, lo habrá escuchado. Insistir con los productos elaborados, las nuevas tecnologías, el valor agregado. Empleo lo más genuino posible. Balance fiscal. Desendeudamiento interno y externo. Consumo, mercado interno en expansión. Exportaciones no tradicionales y nuevos mercados hacia América Latina, Asia y Africa. Educación y en especial la técnica. Expansión de derechos. Suena, durante doce años sonó y cómo. El esquema es ese y es mejorable, tuvo un sinnúmero de malas aplicaciones y un enorme éxito. Negarlo es mentir y mentir mucho.

Por otro lado está el modelo basado en el crecimiento hacia afuera, mirando el mercado internacional como variable privilegiada. Base en mercados globales y el mundo financiero. Producción primaria, reprimarización de la economía, como boom para poder importar todo lo necesario. Endeudarse (y cobrar las comisiones), nacionalizar deudas privadas. Consumo moderado y segmentado, cuando no infraconsumo cosa de liberar productos para la exportación. Se mira la tasa de ganancia. Son los mercados y no tu mercadito. Se vende como una Argentina moderna, pese a que el esquema trata de consolidarse desde que Buenos Aires era un puerto inglés. En este modelo sobra gente, y como sobra en algún momento hay que darles un sopapo para que no jodan. 

En las últimas elecciones se optó por este último planteo. Y entonces volvieron los oligarcas... ahora viene eso de pagar las consecuencias. Del otro lado se aprende, en cada generación se aprende un poco más. En estos tiempos se nota quién es quién, quiénes van para adelante aunque se deba tomar caminos sin peajes y volver al barrio, eso de las bases y la política en chiquito para ir a la política en grande. Se ven los compañeros en serio y los dirigentes que sirven, y los que no. 

Buenas tardes. Y viva Perón.

viernes, 16 de octubre de 2015

LEALTAD (algo sobre la)

En el nombre de la lealtad a veces se ha levantado la traición… es cierto. El cacareo por la lealtad suele ser sospechoso; algunos piensan que es un indicador claro de traición en un futuro inmediato. La experiencia personal es la que podría continuar con la especulación, por mi parte me voy al tema que me traía.


¿Por qué el 17 de Octubre es el “Día de la Lealtad”?, de la lealtad peronista, para ser más claro. Todos sabemos lo que pasó ese día en 1945, o más o menos.
Una descomunal movilización y manifestación popular pidió la libertad del Coronel Perón. Una gran demostración obrera rescató a Perón. Nació el Peronismo. Se hicieron famosas expresiones tales como “el aluvión zoológico”, “las patas en la fuente”, y cantitos del tenor de “sin corpiño y sin calzón, somos todas de Perón”. Resonó en la Plaza el contundente: ¡Queremos a Perón!

Esos fueron los hechos y los principios de los relatos que los designaron. De allí el tema de la Lealtad, con mayúscula; la demostración de una vez y para siempre de que el pueblo (y de esa manera nacía el “pueblo peronista”) salía a bancar a su líder, al que reconocía como su benefactor, su salvador, el que había hecho realidad viejas consignas y reivindicaciones de los trabajadores y los humildes. Lo que acabo de decir está plagado de conceptos que tienen una dirección entre las muchas posibles. Vamos a elegir una entonces.

¿Había planificado Perón el nacimiento del peronismo? Imagino que no y menos en esa fecha, pero seguramente había pensado capitalizar políticamente toda la acción de gobierno que había desplegado desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. Además, sabía que los tiempos lo corrían. De alguna manera los “revolucionarios del 4 de junio” (de 1943) se verían forzados a convocar a comicios generales. La presión de la opinión pública “decente” -encabezada por los radicales- para que los militares entregaran el poder a la Suprema Corte de Justicia crecía. La detención de Perón fue quizás una de esas torpezas profundas que la oligarquía no (se)debe perdonar al grupito de milicos liberales y nacionalistas que veían en el Coronel una amenaza de desborde popular. Porque la detención de Perón disparó todo.

La clase obrera organizada en la CGT (dirigida por socialistas y comunistas y sus variantes que son más que interesantes, pero nos llevarían esta pequeña nota por delante) había cambiado y madurado mucho. No era el mismo movimiento obrero al que apelaban los anarquistas desde ya, pero tampoco  era la imagen que las fuerzas de izquierda tenían del proletariado argentino. Diez años atrás, las cosas habían sido distintas. Al auge de la industrialización conservadora que comenzó con el siglo, se acentuó en los veintes y aún más en los treintas, se sumaron las grandes migraciones del interior del país que fueron confluyendo en la Capital y Rosario (no únicamente, pero si con el peso del número). Eran sobre todo del interior, no ya inmigrantes extranjeros (que estaban a esta altura avanzados en el  proceso de asimilación) y no tenían representación política, solamente sindical y a penas.

La izquierda, debilitada por la represión (desde poco antes del Centenario y de manera brutalmente sistemática) y por sus propias limitaciones -anteojeras ideológicas que la discapacitaban para liderar políticamente a la masa obrera- había llegado a su techo. No era poco lo que habían recorrido, habían sido buenas Direcciones que supieron llevar a la clase por un camino lleno de peligros y trampas. Tienen todo el mérito y debe siempre ser reconocido.

Pero no alcanzaba. La representación política estaba vacante, la cuestión del poder estaba sin Dirección. Perón fue eso;  no sólo para la clase obrera sino también para los “humildes”, …y aquí vale la pena detenerse un párrafo.

Así como “los trabajadores” no es sinónimo de “clase obrera”, dado que indica no solamente un concepto más amplio sino también otra mirada, en el mismo sentido “los humildes” no quiere decir “pueblo” o “sectores populares”. “Los humildes” designa a la masa de desheredados, madres solteras, viejos y viejas solos, accidentados e inutilizados para el trabajo, enfermos sin protección, menores huérfanos, analfabetos, peones rurales esclavizados, desamparados de todo. A ellos se dedicó entera Evita, y completó la fórmula social del peronismo.

¿Fue el plan de Perón que el movimiento político que nacía el 17 de octubre tuviera estas características? Me animo a decir que no, de ninguna manera; aunque tampoco lo contrario, es importante decir. El Coronel Perón avizoró su misión política o la imaginó bastante antes de la semana en la que anduvo de aquí para allá y sin saber si iba a salir vivo. Antes de escribirle a Eva esa cartita naif en la que le proponía irse a vivir lejos, criar gallinas y simplemente amarse, Perón vislumbró un futuro político. Intuyo que –y esto que sigue si es suposición- liberado de la prisión y de los compromisos que lo ataban a sus pares del golpe del ’43, liberado repito de la manera en que lo fue con un baño inmenso de masas, el plan que se fue armando en su cabeza tenía un perfil netamente político. Es decir, arrastrar a la masa de radicales populares (el yrigoyenismo que resistía aún en el partido de Alem) y toda la estructura posible, arrastrar a los socialistas ya que los planteamientos de desarrollo social eran convergentes, unificar a las fuerzas populares en un nuevo movimiento histórico y neutralizar a los conservadores (quizás, hasta lograr el pase de muchos que se consideraban conservadores populares). Así, los militares más reaccionarios y la oligarquía (o sea, los que lo habían metido en cana) quedarían paralizados e inermes. La iglesia Católica también podría militar de su lado y esto era muy posible dada la identificación que ambos tenían en cuestiones de doctrina social.

Nada de eso estaba en las calles en la noche del 16 al 17 de octubre. Salieron los oscuros, los sin nombre conocido, los que no habían pisado el Centro. Salieron de Berisso y Ensenada, levantaron los cordones del conurbano, cruzaron el Riachuelo. Vinieron también las obreras, las costureras, las que a su vez eran hijas, madres, hermanas, concubinas y novias de trabajadores. Los trajeron delegados de fábrica, compañeros de barrio, dirigentes de sindicatos, vecinos, y muchos se plegaron cuando vieron a los otros ir. Cruzaron el barrio cantando, caminaron por calles de tierra y después probaron el asfalto, se subieron a camiones, escalaron tranvías. Pasaron por arriba de la historia sin preguntar y sin permiso. Se vieron juntos, muchos, y les debe haber gustado. Estaban haciendo algo que estaba bien. La prisión del Coronel era injusta, la posibilidad, la certeza de perder lo que se había logrado era cierta. Lo decían los patrones, ya no era una amenaza, lo comenzaban a hacer. El horario, los turnos, el aguinaldo, las vacaciones pagas, la salud, hasta lo que tenía que contener el botiquín en la fábrica, el derecho a tener una organización sindical. Todo estaba por terminar así, de la noche a la mañana. Entonces había que actuar, de la noche a la mañana.

El 17 el sol los encontró a cuadras de la Plaza. Jamás habían visto tal cosa, tal vez en una revista, la foto de un diario, pero andar por ahí… No. Los carteles que llevaban obraron de diccionario, de correo para mandarse mensajes y aprender a leerse. Allí estaban finalmente después de tanto, y no se iban a ir.

Ya sabemos que querían a Perón.

Salieron a encontrarlo el mismo día que lo rescataban. Esto es lo que realmente ocurrió más allá de los planes, las estrategias, más allá de todos nuestros relatos y libros. Nuestra clase obrera quiso fundirse en los sectores populares y con los humildes, que eran su retaguardia malherida. Se cargaron a Marx y al partido de clase, sin querer y sin macartismo. No perdieron la identidad de clase pero la hundieron en el peronismo que ese día, el 17, crearon cuando el Coronel salió al balcón y pasadas las once de la noche, alzó los brazos y les ratificó que no estaban equivocados. Compañeros.

Había pasado el día más largo de todos, el más bello de los que habría porque nada se le pudo comparar. Nada sabían muchos de política y tal vez, nunca supieron después, pero volvieron distintos. Al sentimiento lo habían hecho política y la política del país burgués fue alcanzada. Se la apropiaron sin violencia, sin violación. De madrugada se la llevaron de vuelta a los barrios a vivir con ellos.

Yo no sé si alguno se da cuenta que cuando se dice “nació un nuevo sujeto político que se identificó con el peronismo”, se está cometiendo un enorme error. Uno no puede identificarse con lo que ya era. Simplemente lo sacó afuera, lo levantó como bandera y lo llevó a la victoria.

Pasaron muchas cosas del 18 de octubre en más, una de ellas es que la Argentina nunca volvió a ser lo mismo.

Felíz día, compañeros. Y ¡Viva Perón!



miércoles, 5 de febrero de 2014

EL PAIS NORMAL




 
Argentina no es un país normal. Así se dice siempre, y algunossubrayan “Argentina” como “ese país” que casi no les pertenece o al que no desean pertenecer. Por no decir –está sobre entendido- ese “país de mierda”… Es duro, generalizarlo sería peor. Porque no es verdad, además. No todos los argentinos sentimos eso, diría que la mayoría no siente algo así. Ocurre que “las mayorías” son cambiantes, coyunturales y controvertidas. 

Veamos un poco. Una vez le escuche a Hernán Brienza una cuenta interesante que voy a repetir y completar un poco. 

Con un criterio amplio (en algún caso “amplísimo” y piadoso) podemos decir que Gobiernos populares, es decir, que hayan gobernado para las mayorías y teniendo en cuenta algo parecido a un Proyecto Nacional, siguieron un derrotero más o menos así:

  • §  Mariano Moreno, secretario de la Primera Junta (25-05-1811 al 04-03-1811): casi 1 año

  • §  Gobierno de los Caudillos Provinciales (en cada provincia), de 1820 a febrero 1826 (hasta la presidencia de Rivadavia): 6 años

  • §  Manuel Dorrego, gobernador de BA (agosto 1827 hasta su asesinato en diciembre 1828): 1 año y 5 meses

  • §  Juan Manuel de Rosas, gobernador de BA, Encargado de los Asuntos Exteriores y Defensa de la Confederación Argentina (varias veces), de 1829 a 1832 y de 1835 a 1852: 22 años

  • §  Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina (con la provincia de BA escindida del país), de 1854 a 1860: 6 años

  • §  Hipólito Yrigoyen, presidencias (1916 a 1922 y 1928 a 1930): 8 años

  • §  Juan Domingo Perón, presidencias (1945 a 1952, 1952 a 1955 y 1973 a 1974): 9 años y 10 meses

  • §  Raúl Alfonsín, presidencia (1983 a 1989): 5 años y 6 meses

  • §  Néstor Kirchner, presidencia (2003 a 2007): 4 años y 5 meses

  • §  Cristina Fernández de Kirchner, presidencias (de 2007 a 2011 y de 2011 hasta la actualidad): serán 8 años, van 6.

Es decir, Gobiernos que podemos considerar como del “campo popular” ocupan 70 años y 2 meses y cuando termine el mandato constitucional de Cristina serán 72 años y 2 meses. 

En el otro “campo”, se destacan dos bloques importantes. Por un lado, los “gobiernos oligárquicos” que duraron desde 1860 hasta 1916; 56 años continuos. Y para completarla, los gobiernos de facto de las “dictaduras cívico militares” que se descomponen (literalmente) de la siguiente forma:

  • §  Uriburu, setiembre de 1930 a febrero de 1932: 1 año y 6 meses

  • §  Revolución del 4 de junio (Rawson-Ramírez-Farrell), junio de 1943 a 1946: 3 años

  • §  Revolución Argentina (Onganía-Levingston-Lanusse) junio 1966 a mayo de 1973: 7 años

  • §  Proceso de Reorganización Nacional (Videla-Viola-Galtieri-Bignone) marzo de 1976 a diciembre de 1983: 7 años y 11 meses

Fueron 19 años y 5 meses.

Completando el argumento, uno dice que de 203 años de historia independiente fueron 133 años de gobiernos antinacionales y sólo 70 de gobiernos populares.

Por supuesto, que alguno no acordará con todos los períodos “populares” y dirá que habría que fraccionar los momentos en que tiraron para el pueblo y los que pactaron con los grandes poderes y demás. Pasó de todo en nuestra historia, pero a groso modo y por más que usté quite y ponga, creo que la tendencia se mantiene. La verdad es que el sinuoso y tortuoso camino de un Proyecto Nacional para la Nación Argentina ocupó mucho menos de la mitad del tiempo de existencia de la famosa Nación. 

Estamos más acostumbrados a que todo salga mal, que se la lleven los de siempre, que tengamos que ir ventajeando para no perder. A que los poderosos sean poderosos, y digan para dónde se debe ir. Eso es un país normal, aunque nadie lo admitiría porque decir que eso es la verdad, también es confesar que uno es un pelotudo, un pusilánime, un cobarde. Un sirviente. 

Hay algo mejor que tener tanta autocrítica o tan poca auto estima. Y es pensar de uno como un colonizado. Claro, que si se admite la colonialidad entonces estamos frente a un algo de conciencia. No es el caso. El gataflorismo suele encubrir el quejoso gesto cansado del sirviente colonial, sólo que en vez de lamentarse a solas en su habitación de dospordos, lo hace en voz alta, en barra y equivocando siempre el objeto de su odio. 

Es un clásico autóctono arremeter contra los únicos que tratan de beneficiarnos, o mejor dicho, de reivindicarnos. Es que esos, que vienen a ser los de los 70 años, no siempre aciertan con el lenguaje, el cuidado y la manera de dirigirse a tipos tan quisquillosos. Es difícil hacer migas con perros apaleados. 

A veces se descubre (si te lo andan diciendo todo el tiempo al oído) que los “populares” no siempre son tan prístinos, inmaculados como deberían. A veces distan muchos de los príncipes azules que van al rescate de princesas (convertidas en sapos). Imagínese a príncipes peronistas y la hacemos completa. 

La cuestión es que el ideal no se parece al real. Ocurre que lo más conveniente para el sujeto víctima de los verdaderos saqueadores, es reconocer al que defiende sus intereses más allá de los modales, porque si no…

Si no. No es raro pensar que en incontables oportunidades una porción importante del pueblo ayudó a sus victimarios, a los parásitos que viven a costillas de la mayoría, a los poderosos. Pasa. En nuestro país ha pasado muchas veces. 

Haber sido domesticados (educados se diría, quedando bien) por los que gobernaron la mayor parte del tiempo tiene consecuencias, y de todo tipo. En primer término, sepamos que la “normalidad” es un país dependiente del extranjero, vendido, arrodillado, callado, reprimido, colonizado; un país que necesitó matar lo propio para alcanzar la civilización que venía de afuera. Esto, que suena tan antiguo está en nuestro ADN. Lo que veníamos diciendo.

Lo “anormal” es el desafío, la alternativa, el cambio, la ruptura. La incertidumbre también. Sin embargo, hay una porfiada (valiente) inclinación por emprender otro camino y arriesgarse (son esos 70 años que tienen de todo, para bien o para mal, pero queriendo más para bien). 

Otra consecuencia es que no parecemos ser como pueblo patriotas ni nacionalistas. Himno, bandera, Patria, trastos viejos y jodidos que por izquierda le regalamos a la derecha. El patriotismo fue mal mirado por la izquierda “liberal”, esa izquierda que elegía como prócer a Rivadavia porque lo veían como el que había intentado la “revolución burguesa” en el Plata (antecedente necesario para la gran “revolución proletaria”). La Patria quedó para los Caudillos, la Iglesia y los milicos. Lindo favor nos hicimos.

O se regaló también por otras cuestiones. Cómo creer en la Patria si siempre te cagan… Desconfiar de todo y de todos. El temor –que es el verdadero sentimiento en estas circunstancias- vuelve a la gente agresiva, malpensada y torpe. Para qué pagar impuestos si los de arriba no los pagan, y se la tragan. El robo universal de nuestra supuesta riqueza es el justificativo de todas las miserias cotidianas. La solidaridad viene a ser una especie de boludez para que la crean… todos, porque hay que parecer solidarios. Está bueno cuando hay una catástrofe, pero si no... 

Podemos probar a entender que los poderosos, los “grandes intereses” y todos esos eufemismos que usamos cuando la claridad no nos sonríe, atacaron siempre… defendieron sus objetivos siempre. Y su objetivo es asegurar la máxima ganancia con el mínimo costo en un marco en que la producción se realiza socialmente y se apropia en forma privada. Chocolate (pero del bueno).

Uno puede berrear por tal o cual medida. Hay derecho, para eso estamos en democracia. Uno puede pensar lo que quiera y no tiene necesariamente que acordar con un gobierno porque le esté yendo mejor. Esto pasa mucho, ¿no? Como cuando, por hablar de algo en concreto, la gente más beneficiada en estos últimos años por los gobiernos de los Kirchner, odia a estos gobiernos de una manera poco vista anteriormente (salvo con la Señora de los billetes de cien). 

No es imprescindible estar de acuerdo y ponerse una camiseta. Pero es imprescindible no ser cobarde, no ser hipócrita y reconocer que se está mejor y que los argentinos deberíamos saber lo que pasa cuando gobiernan esos 133 años. Lo que nos pasa.

Saludablemente muchos compañeros estamos de acuerdo y nos ponemos una camiseta. Tampoco por eso dejamos el criterio colgado en la puerta de casa. ¿Quién puede estar de acuerdo con todo y todo el tiempo? 

Las mayorías son volubles. Cuando las tenemos en contra y también cuando nos favorecen. El kirchnerismo, con toda la buena nueva que viene siendo desde hace diez años, también pasará. Vendrá otro tiempo con otros hombres y mujeres en la conducción. El tema es que podamos enganchar el hilo del proyecto nacional (con minúscula, como para no panfletear) y no lo soltemos más. Se trata de eso; porque los 133 pesan en el cuerpo y mucho más en la cabeza.