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viernes, 30 de octubre de 2015

EL NOMBRE DEL FUTURO



De las contiendas bélicas más terribles, la peor a la larga es la guerra de las palabras. Las que se lanzan como consignas de lucha, las que dan vueltas y vueltas en el aire, las que cambian de contenido, las resignificadas y las banalizadas. Las que entran por la puerta que no corresponde y engañan, las tremendamente efectivas que lanzan a muchos por el pasillo del corral cuando debieran haberlos guiado a encontrar la salida del matadero.

“Cambio” es una de esas palabras. Es la bandera que blande la oposición política (y económica) para cercar al Frente para la Victoria en estas cruciales elecciones de 2015. ¿En qué momento y cómo “cambio” va en nuestra contra? Consideremos que, en doce años, lo establecido venimos a ser nosotros y nuestros gobiernos. 

Hablamos de “conservar” lo logrado, lo mucho que se ha logrado en estos años difíciles en lucha constante con enormes poderes que no siempre muestran su rostro o que, peor aún, mutan continuamente de máscara. Pero nos quedamos con la palabra “continuidad”. Con lo que se vincula como contrario a todo cambio. 

En nuestra historia nacional, se verifican solamente dos grandes cambios revolucionarios. Una es la revolución de Mayo y la guerra por la Independencia que la acompañó (en una región mucho más vasta que las fronteras del Estado-nación llamado Argentina, en una gran Patria que se extiende desde el área Caribe hasta el sur sur patagónico). La otra, la revolución Justicialista que lideró Perón. Las demás mal llamadas “revoluciones” fueron golpes de Estado cívico-militares. Si vamos a hablar de grandes cambios, tenemos esos nomás. 

Entonces, hablar de “cambio” es una cuestión de real importancia como para regalársela a un adversario y mucho menos a verdaderos traidores a la Patria, que alimentan a ese adversario político. No hablo de votantes, sino de formaciones políticas (los votantes como colectivo no son antipatriotas, jamás). En el pasado, dejamos o no pudimos evitar que la derecha más recalcitrante se quedara con grandes palabras como “Nación”, “celeste y blanca”, “Fuerzas Armadas de la Nación”, “nacionalismo”, y otras por el estilo. 

Ahora resulta que “cambio” significa: basta de planes y de vagos, basta de corrupción, basta de soberbia, basta de impuestos, basta de cepo, basta de inflación, basta de inseguridad, basta de narcotráfico. Y eso que suscita los “basta” vienen a ser las características de nuestros gobiernos. Mucha gente lo cree, la verdad es que casi la mitad de la gente lo cree. Me pregunto qué grado de parentesco tienen los “basta” con “estilo de vida occidental y cristiano”, “matrimonios contra natura”, “libertad de empresa”, “mercado libre”, “Estado mínimo”, “mano dura” y por qué no “subversión”. Seguramente a la mayoría de los votantes que no nos votan, les parecería absurdo ser metidos en esta segunda bolsa junto a estas tremendas palabras. Pero hay filiación entre una cosa y la otra. 

La palabra “cambio” en boca de Cambiemos es el nombre del pasado. De una Argentina dilapidada a la que le habían cortado las piernas. Es imposible volver al 2001, no asustemos más con eso que la historia no va para atrás ni se repite. El futuro puede ser peor que la evocación de las corridas bancarias, el corralito, los piquetes, los desocupados, la clase media haciendo velas y tortas para cambiarlas en el club del trueque. Puede ser peor. Si queremos argumentar pesado, vayamos con eso porque el Cuco existe y salió de abajo de la cama. 

No tenemos ninguna contradicción con otro trabajador, con un vecino, con un familiar, con un amigo que votó a otros. Nuestra pelea es con gente de mucho más cuidado.

Nosotros no podemos entregar el “cambio”. Nosotros somos ese cambio, somos el contenido de la palabra. No sólo por procedencia histórica (que la tenemos), casi ni es necesario remontarse a los gobiernos de Perón ni a la Resistencia. Hay que irse a doce años para acá. 

“Concluye en la Argentina una forma de hacer política y un modo de cuestionar al Estado. Colapsó el ciclo de anuncios grandilocuentes, grandes planes seguidos de la frustración por la ausencia de resultados y sus consecuencias: la desilusión constante, la desesperanza permanente.”
“En esta nueva lógica, que no sólo es funcional sino también conceptual, la gestión se construye día a día en el trabajo diario, en la acción cotidiana que nos permitirá ir mensurando los niveles de avance. Un gobierno no debe distinguirse por los discursos de sus funcionarios, sino por las acciones de sus equipos.”
“Deben encararse los cambios con decisión y coraje, avanzando sin pausas pero sin depositar la confianza en jugadas mágicas o salvadoras ni en genialidades aisladas. Se trata de cambiar, no de destruir; se trata de sumar cambios, no de dividir. Cambiar importa aprovechar las diversidades sin anularlas.”
“Se necesitará mucho trabajo y esfuerzo plural, diverso y transversal a los alineamientos partidarios. Hay que reconciliar a la política, a las instituciones y al Gobierno con la sociedad.”
“Por eso, nadie piense que las cosas cambiarán de un día para el otro sólo porque se declamen. Un cambio que pueda consolidarse necesitará de la sumatoria de hechos cotidianos que en su persistencia derroten cualquier inmovilismo y un compromiso activo de la sociedad en ese cambio.”
“Ningún dirigente, ningún gobernante, por más capaz que sea, puede cambiar las cosas si no hay una ciudadanía dispuesta a participar activamente de ese cambio…”

Lo dijo Néstor Kirchner en su largo discurso de asunción de mando el 25 de mayo de 2003. Cuando nos habló de un país normal con toda la gente adentro. 

Porque… “Cambio es el nombre del futuro”.


martes, 16 de julio de 2013

CORAZON PARTIDO

A primera vista –tras el cierre de lista de las PASO y, por qué no, de varios cierres de lista anteriores- la tentación está en constatar la vigencia porfiada del bipartidismo. Es lo que sugieren muchos casualmente (aunque no exclusivamente), muchos nostálgicos de esa “clase” política corporativa y autocomplaciente. Pero… ¿es así? Aquí se va a sostener que de ninguna manera, pero más interesante que la refutación es la tentación –tan rehuida- de pensar y debatir el sistema político-partidario que figura en la constitución, reformada en los años de la siesta neoliberal.

De un lado del charco, en el pan-radicalismo, se escucha que desde hace un tiempo el país viene siendo obligado a participar en una interna abierta del peronismo. Eso sería así porque el peronismo gana y no para de ganar y encima tiene la mala costumbre de gobernar. Porque aclaremos (con sinceridad): Menem gobernaba y fuerte (vivando al capital) y los Kirchner gobernaron y gobiernan fuerte (repartiendo el capital). Y más, si quieren: hasta el interinato senatorial de Duhalde le hizo frente a un descomunal desbole, con sus menos, pero le hizo frente. 

Entonces, primer problema: el peronismo gana y gobierna. Un segundo inconveniente: la gente (esa gente que va y vota) opta por una u otra opción peronista porque se piensa que “de poder esos saben”. Algunos dirán que porque “roban pero hacen”, porque “lo tienen en su ADN”, blablá. A nadie se le ocurriría por ahora votar otra cosa. Como me dijo un fulano (en este caso, hijo mío): “en las elecciones se trata de elegir qué clase de peronismo queremos que nos gobierne”. Si uno es peronista, la cosa cae simpática (me cae muy simpática), pero si no es así imagino la depresión (y hay depresiones que llevan al resentimiento, y de allí al odio sin más).

Los radicales son la “única opción no peronista” como dicen ellos mismos, haciendo gala de una sabiduría acumulada por más de cien años. Pero no da, al menos no cuando la compulsa trata sobre cargos ejecutivos (en las legislativas les va un poco mejor, no mucho). Ocurre que en el 2001 la uceérre estalló como piñata en cumpleaños (o velorio, dada la ocasión).
En el peronismo pasa otro tanto (hay que reír y reírse, o llorar y llorarse). No es tan cierto que por un lado se vaya la “derecha” y por el otro la “izquierda”, que esas cosas tan uropeas no son tan claras en pagos perucas. Tal vez su fortaleza envidiable se deba a tal capacidad para la diversidad. Triste que donde uno ve diversidad, otros vean sólo impurezas.

La cuestión es que el peronismo viene dividido en dos y en tres casi siempre. Uno dirá que tales o cuales no son peronistas ya… cosas del peronómetro que logró agriar mi adolescencia. Mal haría en hacer esos análisis de sangre este peronista (desde fines de los ‘80 para acá) con historia y formación en la izquierda. ¿Se puede decir que Menem no es peronista? Como decir, se puede decir todo. Pero es innegable la tradición peronista de muchos que militan junto a la derecha liberal y sus parientes conservadores. Otros, francamente, con su afectada declamatoria pro peronistas (y sus acciones pro empresarias pero sin capital en función social), me hacen pensar que yo, al lado de ellos, soy uno de los que participó el 17 de octubre. Se ponen la careta de Perón para decir y hacer cosas tan viejas como Roca, Pellegrini o Alsogaray.

Lo que se llamó la “izquierda” peronista hoy mayoritariamente camina en las filas del peronismo kirchnerista, eso es verdad y habla del kirchnerismo como un buen cover del peronismo original. Sin embargo, a todos nos caló los huesos la lluvia ácida de los ‘90s, por más enteros que nos creamos. Algo de postmodernismo se cuela por ahí. Al kirchnerismo también (¿y?).

En el “pan peronismo” hay más de dos proyectos y están en pugna. El kirchnerismo hoy es el hegemónico, el que logró la proeza de diez años de gobierno de reconstrucción y un alguito más, el que seguramente nos dará doce años de continuidad (y queremos que un alguito más). Casi casi un proyecto político, por la durabilidad y por una macro realidad de mejoría popular y mayor soberanía nacional, que se me ocurre de muy porfiado negar.

Entonces, nada de bipartidismo. Eso volcó hace mucho, y se hizo visible para todos en el 2001. Los partidos no se recompusieron más, que es muy distinto a decir que van desapareciendo. Las formas partidarias institucionales tienen una vigencia impresionante (espantosa, diría). Han perdido efectividad en cuanto a la formación y promoción de cuadros, aunque no como maquinarias electorales. Han perdido como canales de participación popular, enormemente.

¿Se habrá dicho la última palabra? Seguramente no. Es posible que los partidos se refundan y refunden. Que exista un trasvasamiento generacional (pienso que sólo en el peronismo, disentirán muchos conmigo) es muy posible. No parecen estar agonizando, ni prestos a ser reemplazados por otras formaciones. Si creo que agrupaciones sin partido, organizaciones político-sociales, son experiencias que han venido para quedarse y desarrollarse.


Veremos, como todo. Como siempre. 

martes, 16 de abril de 2013

AHÍ



Ahí. Pero ahí, ahí. ¿Extrañados?, no deberíamos. Sucede que a veces uno se cansa de leer las cosas y los días y se entrega a la fascinación de las fantasías que se autocumplen. Pero la realidad -en la terquedad inmensa de la verdad que es tal aunque sea de a ratos- está a un paso de uno, la veas o no (la quieras ver o no).



Se ganó en Venezuela por poco. Se ganó, qué tanto. Sin Chávez… (o es la última elección que ganó Chávez). Y ahora habrá que ver en esto de andar inventando paralelismos… Coroneles que se levantan para cambiar las barajas de las oligarquías, si el 14 de abril (2002) fue su 17 de octubre en el milagro popular de Miraflores, y si aún esta victoria -casi deslucida, si no fuera por las tremendas circunstancias- habla de un movimiento que quiere sobrevivir a su creador. Cosas, para parecérsenos aún deben joder sesenta años como una maldición del país burgués.



Y también la reacción, los lenguaraces de la oligarquía (escuálidos allá, gorilas de acá) tratando de hacer su Marcha de la Libertad, su bombardeo a la Plaza, su 55.



Pero todos sabemos que los paralelismos no existen tan así y que cada uno hace lo que puede en su casa, lo que quiere en su casa. A veces es magnífico, como esta elección. Había que levantarse después de una muerte tan absoluta, había que hacerlo.



Todo lo que tenemos -pienso a veces- son estas votaciones que nos mantienen arriba. Y hubo mucho tiempo de andar culo para arriba, si lo sabremos. Tanta costumbre de ser opositor, de estar afuera. Por acá, proscriptos, ilegales, ensubversivizados, derrotados en las urnas, marginados. Tantos desastres. Después de ver cómo sobrevivía una cultura política (que de eso se trata, en tren de ser un poco específico) más allá de la gloria, la caída, la resistencia, el exilio, la vuelta, el cielo al alcance de las manos, la traición, la feróz caída y la muerte, la persecución, la desaparición.



Ver cómo se iba a la mierda otra juventud maravillosa que hubiera prometido (esos ochentas…), mareada por los albores tempranos de un neoliberalismo implacable y la necesidad de ser visto todo el tiempo, con la vida en un spot. Costó. La renovación terminó en chanchada.



La porquería también era peronista. ¿Quién mejor para traicionar una historia? Quién mejor para saltimbanquear los mercados, vender los trenes, entregar vida y hacienda de los argentinos, mandar el petróleo por una manguera al otro mundo (al Mundo), secar la Argentina, y todo a cambio de unos tornasolados espejitos que se consiguen en Miami. Mala suerte.



No era todo. Pero quedamos sin todo eso. Bien a la intemperie.



La democracia no gozó de mucha fe, la verdá. Antes porque éramos tan jóvenes. La muerte le dio jerarquía de refugio, de tentempié, hasta que se ganó el respeto. Hoy le tenemos respeto, pero menos. Algunos descubrieron que las puebladas voltean presidentes. Y quedó algo así como debilidad institucional. Una "pueblada" no es un golpe, si no hay tanques, es otro horizonte. Luz naranja, luz naranja.



Alumbró un nuevo peronismo sin triunfos; no era para celebrar el 22,5 (menos con un 25 de Menem). La ecuación infierno-purgatorio, porque el cielo es del primer mundo (o era). Pero caló y caló muy hondo. Digo para los que no entienden el fenómeno, digo para los que están con nonoynó y nononó y se creen puros, santos, de izquierda, demócratas, a salvo. A salvo de peronismo, a salvo de iniquidad. A salvo de posibilidad. En fin. Este es un proceso (con perdón del término) que hay que cuidar. Hay que saber cuidar este tiempo porque se puede acabar (todo concluye al fin, nada puede escapar).



A veces pienso que los votos son lo único que tenemos. A final de todo era esta democracia que no sirve para hacer revoluciones, pero que puede habilitar reformas de la gran puta. Acá no andamos en el socialismo del siglo XXI y por suerte tampoco en el del siglo XX. Es un toque más sencillo (lo complicado es que es más real), y desde ya menos extraordinario.



Asumir ser peronista es dejar de lado para siempre quedar bien. Uno queda mal, salvo que esté entre compañeros. Hay que aceptarlo. Por eso se me ocurre que debe ser importante querer siempre ser mayoría. Y podés ponerle los títulos que quieras, el Proyecto y la mar en coche, todo lo que quieras, eso del "relato" que nos achacan (y algo de eso tienen todos).



No importa, los que no nos quieren no nos querrán. Los que dudan sistemáticamente, nos querrán si nos hacemos querer.



En esta Argentina -en esta América- desolada tras el toldo con el que ocultaron el sol, nada parece definitivo, menos consolidado. Estamos ahí, por poco, pero ahí. Hay que saber valorarlo.