Hace sesenta años aves de rapiña piloteando aviones de la
Marina, aviones de combate del Estado Argentino, se abalanzaban desde las nubes
sobre la Casa Rosada buscando el pecho de Perón para abrirlo con la metralla y
hacer estallar el corazón del pueblo.
Aviadores militares, algunos conspicuos dirigentes cobardes
del radicalismo también. Traidores a la Patria, infames traidores a la Patria
bombardearon la Plaza de Mayo e iniciaron una Danza de la Muerte con un acto de
terrorismo contra su propia gente.
Pero claro, no era su gente, eran Argentinos. Eran esa mujer
en la foto que mira casi impasible la pierna destrozada que le falta. Era ese
hombre con sobretodo tumbado cerca de unos hierros retorcidos. Eran pedazos de
pies, brazos; era sangre huérfana de cuerpo manchando la vereda, barriendo la vergüenza
que iba a enseñorarse de la historia.
Hoy es un día de infamia. No sabemos cuántos murieron,
algunos dicen cuatrocientos, otros hablan de casi mil heridos. Y otros no dicen
nada, como en ese día no dijeron nada.
Fueron tres interminables pasadas de la mañana hasta la
tarde. Y un micro con pibes de provincia iba dando la vuelta para visitar la
Casa de Gobierno, el Cabildo, el Centro que no conocían y no conocieron porque
los reventó una bomba.
Hace sesenta años murió la Justicia, pero menos mal que una
hija menor (en esa época) sobrevivió y arrastrándose entre el humo y los
gritos, se paró contra un muro del Ministerio de Hacienda y resistió. Era
apenas una niña la Justicia Social, pero entre todos los que llegaron en
camiones a defender a Perón con lo que tenían, la subieron y la cobijaron.
Llegaría el tiempo en que la guardarían de casa en casa, junto a la foto de Eva
con una vela, para que reapareciera en las manifestaciones del pueblo una y
otra vez, hasta la victoria de estos días (esa victoria que supimos conseguir).
Pasó el tiempo. Muchos nacimos, otros de aquellas plazas de
Perón se fueron. Quedan, tras muchas remodelaciones, huellas en los mármoles
del ala ministerial sobre Av. Alem y el monumento que recuerda los nombres que
sabemos, en donde ahora se planta el museo del Bicentenario justo a la entrada
de la Aduana Taylor.
Las huellas que no se ven duraron mucho, mucho más que los
miserables dragones que vomitaron su fuego y su porquería sobre la gente. Las
huellas no se van y se agolparon junto a treinta mil más recientes, con miles y
miles sin esperanza más recientes. Ocultas, invisibles a la historia de
historiadores funcionales y funcionarios. Porque nadie debía recordar el día en
que el cielo fue peligroso.
Nada hay que pueda devolver la paz del día anterior al 16 de
junio. Sólo se puede asumir un legado que divide siempre entre patria y
antipatria, por más que a algunos argentinos les parezca terrible definir en
antítesis las cosas. Pero así es.
Yo soy un bombardeado en Plaza de Mayo, se debería decir
para estar a tono. ¿O no?
Y con toda seguridad, los asesinos vencieron a Cristo un
día. Ese día, el 16 de junio de 1955.
Viva Perón.
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